sábado, mayo 17, 2014


Escribir es una necesidad; decir cosas, soltar algo, sacar fuera los pesados lastres, o como dejar escapar a un pájaro. Incluso, a veces, llamé a esta relación mía con la escritura: vómito de letras. Gracias a ello ha surgido este libro.
Lo primero que escribí fueron cartas. Entendí que era más fácil decir lo que se siente con la tinta, en lugar de con la boca. Empecé a escribir por amor, y seguí haciéndolo, siempre, por amor; creo que no sé escribir de nada más.


Luego, en la adolescencia, algunas tardes y noches, entre libros y apuntes, a la luz de un flexo candente, también escribía por necesidad. Entonces, mientras mi pandilla jugaba en la calle, yo, enclaustrado en mi cuarto, manchaba páginas, donde colgaba letras escurridizas, y hablaba de chiquillas y de mujeres, de angustias y desamores, de mi frustrado plan, por escapar a cualquier parte.

Después de aquellos diarios, otra vez volví a las cartas, a la conquista del amor letra por letra. Ahora es complicado ver a un chaval camino del buzón de correos; ¿para qué?, si en un segundo se puede mandar un: “t kiero muxo kiki”.

Una vez conquistado el amor dejé de tener la necesidad de escribir, y la cambié por la de leer. Disfruté largas horas leyendo novelas históricas, de aventuras, clásicos, literatura en mayúscula. Entonces vivía en una ciudad enorme, casi desconocida e inhóspita, donde la gente no se conocía, los coches no querían a los niños y los árboles crecían sin raíces. Y sentía la necesidad, otra vez, de escapar. Por eso, con el ordenador, regresaba a mi pueblo, a esas horas en que los niños sueñan, y escribía cartas para volver, para reencontrarme con Gerena, conmigo mismo. Así fue como nació mi Blog.

Al principio el blog era de fotografías, pero luego las fotos tiraban de otros sentimientos. Y regresaba a mi barrio, a mi infancia, a mi vida pasada, también a mis inquietudes y a mis anhelos; eran conversaciones escritas, soliloquios que, al final del día, me depuraban y me apaciguaban. En el Blog “Las cosas de Aureliano el de Gerena” fui plantando poemas, relatos y pensamientos.

Pero, mientras tanto, el río de mi vida seguía. Y fui teniendo otras necesidades por las que escribir. Lo que empezó como un viaje de vuelta, se transformó en un “volver a empezar”. Se puede decir que en este libro están los frutos de aquella sementera, y mi eterno “volver a empezar”.

Pero lo que yo había escrito no estaba terminado, aunque le faltaba poco; era como una madeja enredada, una escultura a la que le sobraba materia. También, por qué no decirlo, trozos de un naufragio que iban a la deriva. Estos trozos los encontró Myriam. Ella desenredó mis textos, y no solo a ellos, como si los peinara, como si me peinara; les quitó los nudos y los atascos que los atenazaban.

Ahora están aquí, dispuestos a ser leídos, abiertos y claros, preparados para el tiempo. Igual que yo.





 

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