sábado, junio 12, 2010

Un hombre sin detalles


Siempre me dice que soy un hombre sin detalles, que todo lo demás, para mí, es más importante que ella. Y no es así, aunque lo parezca. No le compro cosas porque soy un hombre “antimaterial”, y prefiero regalarle unas flores del campo, un beso, un poema, una carta, a regalarle los objetos de los anuncios. Ella dice que lo mío no es la antimateria sino tacañería pura y dura. Yo le digo que en la vida sólo se deben regalar declaraciones de amor o, en todo caso, cosas reciclables -¿Serán las declaraciones de amor reciclables?- pues, además de antimaterialista soy ecologista, pero ella sigue diciendo que de ecologista nada, que es simple y llanamente tacañería barata, vamos, que soy de la hermandad del puño.

Pero eso no es verdad, yo soy un amante “antimaterial-ecologista” por eso de que prefiero regalar, en las fechas señaladas, sólo cosas que ocupan sitio un breve periodo de tiempo y que después se marchan y dejan su espacio para otra cosan, desaparecen, se esfuman, mucho mejor si se van por el retrete. Nada tan “antimaterial-ecologista” como un regalo alimenticio; por ejemplo un queso o un saco de naranjas.

El caso es que por voluntad propia, por llevarle la contraría, por intentar quitarme de en medio un eterno reproche o, sencillamente, por que la quiero, decidí sorprenderla de una vez por todas con un detalle que fuera original e inolvidable y, por supuesto, inmaterial.

Mi novia, que vive en casa de sus padres, todos los días recorre su calle de punta a punta para llegar hasta la parada del autobús. Sale recién duchada abrazando una carpeta fucsia y camina por la acera quizá pensando en mí.


Al final de su calle, según viene andando, hay un edificio de cinco plantas de ladrillos vistos, totalmente perpendicular a su camino, que podría ser una pantalla de cine, o una valla de publicidad gigantesca, pero sólo dirigida a la calle de ella. Por eso se me ocurrió hacer una gran pancarta que cogiera toda aquella fachada con la frase: “Te quiero Carol”. La idea no podía ser mejor; ni móvil con batería de litio (que contamina), ni perfume marca “telacrujo” (mi cartera), ni anillito con diamantes para siempre ( para siempre perdí un huevo); nada como una declaración enorme de amor en la gran fachada que corona su calle.

Me costó la mañana entera del domingo pintar la pancarta. Primero encontrar unas sábanas viejas, luego las plantillas de las letras, repartirlas por la tela, los botes de Canfor, las cuerdas. Suerte de mi experiencia como observador de los viejos pancarteros revolucionarios, cuando, siendo un niño, era testigo de la creación de sus proclamas contra la puñetera OTAN, el vertedero, o lo que hiciera falta.

Al llegar la noche, aprovechando que un vecino salió a tirar la basura, me colé en el portal, subí las escaleras y tuve todo el alféizar de la azotea para desplegar mi gran obra; seis por uno y medio, letras azules sobre blanco, un “Te quiero Carol” que se podía leer a kilómetros.

Me marché a casa satisfecho y me ensobré imaginando los besos que me comerían al día siguiente; se volvería loca, me devoraría vivo. ¡Qué pedazo de declaración de amor! Para que luego diga que soy un hombre sin detalles.

Y llegó la mañana, y Carol salió de su casa para ir el instituto, comenzó a andar por su calle, miraba las papeleras, las flores de los naranjos, los mojones de los perros, algunos jazmines en las tapias... luego quiso mirar al cielo y allí en el edificio de enfrente, reluciendo en todo lo alto, estaba la pancarta con mi declaración de amor.

Sin ser un hacha de las probabilidades, que salga cara o cruz es sólo cuestión de un cincuenta por ciento, y que salga dos veces seguidas cara de un veinticinco, y que salga cuatro veces seguidas cara pues...es muy complicado -no me meteré en esos jardines probabilísticos-, pero no es imposible, ni mucho menos imposible. Y aquella noche de domingo mi fantástica idea no sólo fue mía, sino que se repitió y se repitió, por aquí y por allá; creo que a la inmensa mayoría de los enamorados de kilómetros a la redonda se le ocurrió la misma idea y el mismo día. Así que la ciudad amaneció entera llenita de pancartas: “Te quiero fulanita”, “Te amo menganita”, “Te adoro sutanita”, tantas declaraciones que mi novia, desde su casa al instituto, leyó por lo menos tres veces su nombre. Eso fue, para mí, como una puñalada trapera. No tuve forma de hacerle creer que aquella declaración de enfrente de su calle era mía, no se lo creyó por más que le prometí y le rejuré, es más, me dijo que yo no era de esa clase de hombres que saben demostrar lo que sienten. Que todos menos yo. Que como siempre; todos menos yo, y que los demás quieren más a sus respectivas, “so tacaño”, añadió.

Por eso, desde entonces, siempre digo que las declaraciones de amor hay que firmarlas, si no quieres que te las roben.



Firmado: Aureliano Buendía.




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3 comentarios:

Blogger tartésico ha dicho...

Si señor Aureliano, escribiendo también como siempre.

13 de junio de 2010, 2:37  
Blogger DANI ha dicho...

jo jo que bueno Aureliano, eres un crack de las historias sorprendentes ;)

Un abrazo enorme

13 de junio de 2010, 8:43  
Anonymous Cornelia ha dicho...

Sí señor, hay que decir te quiero con firma y con sentimiento. Demasiadas veces se dice sin pensar lo que se dice y ese "te quiero" pierde su verdadero sentido y enmascara el verdadero sentimiento.
Saludos

13 de junio de 2010, 12:11  

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