martes, marzo 11, 2008

¿Acaso hay conejos en el cielo?


Perdonen la tristeza, pero hoy el día amaneció con tinte amargo. Mi perro, ayer por la tarde, se sintió enfermo y esta mañana lo encontré muerto. Mi padre, muy temprano, lo metió en su coche y se lo llevó, aliviándome del doloroso trance de verlo muerto.

Anoche, con ojos tristes de despedida, me miraba directamente al alma. Inmóvil, frío, en un adiós mudo. Le hablé, le susurré, le dije que fuera valiente, que todo pasaría, mientras le acercaba un poco de leche y no abrió la boca. Se estaba muriendo, con sus tristes ojos de cristales frágiles. La mirada del adiós.

Ahora me duele recordar todas esas imágenes que se suceden; el día que me lo dieron, los paseos por la Fuente de los Caños, su hocico de tierna sonrisa, cuando lo amaestraba en la azotea o cuando corría tras los conejos del solar.

Que flamenco, que saleroso, que rabo nervioso, que sumiso a su amo, siempre alegre, nunca enfadado.

¿Dónde estarán ahora sus carreras tras las golondrinas?
¿Dónde quedaron sus ladridos al gato forastero del limonero?

¿Y ahora, que pasará cuando la soledad me envuelva en la huerta y no tenga quien siga mis pasos?. ¿Quién entrará en el coche al abrir la puerta?. ¿Quién me recibirá, entre carreras, al llegar de las clases?.

¿Por qué no vuelves?, ¿Qué te hizo marchar?, ¿Acaso hay conejos en el cielo? .

A. Buendía.

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