sábado, abril 26, 2008

Cienpiés



El derribo se está realizando con toda normalidad, después de la pesada espera, del proyecto, presupuestos y permisos, por fin estamos tirando la vieja casa de los abuelos. Inevitable es pensar en los lejanos recuerdos de mi niñez; el olor a cañas y a cal de la longeva vivienda, el patio con su parra frondosa, el suelo brillante de adoquines oscuros casi negros. El viejo brocal, justo en el centro, donde tantas veces él me acercó para observar el abismo oscuro.

La excavadora empuja vigas, quicios y dinteles, como un castillo de cartas, todo va al suelo envuelto en un fino polvo.

El pozo llevaba muchos años sin ser abierto, los abuelos murieron, la casa quedó vacía y la oquedad se cerró con una losa pesada de hormigón.

Ahora tengo que tomar la decisión, cegarlo es fácil, solo darle la orden al operario de la maquina, pero si lo lleno de escombros, ¿no estaré enterrando parte de la memoria de los abuelos?.

-¿Qué hacemos con el pozo? – Me dice desde la pala Limia gritando. El gritar, forma parte de la jerga normal entre los albañiles. Ya sea en el tajo o en el Calvillo. Ellos se suelen entender con los demás a voces.
Dudo un momento, pero luego lo tengo claro, antes de decidir nada lo primero será mirar dentro, volver a repetir lo que ya hiciera décadas atrás, cuando era un niño. No me perdonaría cegar el pozo sin haber echado la última mirada.

Hemos enganchado la argolla de la losa de hormigón al cazo de la pala y ésta, sin ningún esfuerzo, ha tirado hacia arriba.
Al momento ha salido del brocal un fuerte olor a hongos tiernos. Me he acercado al borde y hemos mirado dentro, yo con curiosidad, Limia mira apático, pensado: -¿Que carajo querrá éste ver ahí dentro?.

Todo está tan oscuro que hasta que no he acostumbrado los ojos a la penumbra no he podido ver detalles del interior; las paredes con sus bolos de granito, un trozo de cuerda enredada a un hierro oscuro, poco más. Tiene agua, parece limpia, aunque sobre su lienzo flotan varios objetos que desde la distancia no sabría definir. Creo que pueden ser o juguetes viejos, de los que se me caían siendo niño o botellas semihundidas. Pero hay algo que me llama poderosamente la atención, algo dorado, brillante, resalta en el fondo, no sé que puede ser, pero podría resultar ser un objeto valioso.

-Limia, ¿Cómo se podría entrar en el pozo?.
Limia se quita el casco y empieza a rascarse la cabeza, en su cara tiene el gesto de lo que piensa – Y ahora este chupabolis quiere complicarme la vida.
- Imagino que primero habría que vaciar el agua y luego con una escalera grande. Me dice sin mirarme, ambos con los ojos en el oscuro agujero.
Yo he caído en la cuenta que una de las cosas que saque de la casa antes de comenzar a tirarla era una gran escalera verde de verdeo, esas que mi abuelo llamaba de dieciocho pasos.
-Limia, ¿Tu tienes una bomba?.
-Si la tuviera ya estaría todo esto como un Cristo.- Me contesta con sarcasmo.
-¡Venga hombre, ya sabes de qué hablo!. Me parece que una de esas sumergibles sería suficiente.
Limia se resigna a soportarme, así que coge su teléfono móvil y llama a su jefe. -¿Castillo que ahí?. ¿La bomba sumergible está en la nave?.(....) ¡Coño la que se compró para abrir la zanja del Portugués?.... Si hombre esa de color amarillo.(....) Vale, Romero....(...) ¿En su casa?.... Será el tío cabrón... (.....) Se lo tengo dicho que chisme que coja, que lo deje luego en su sitio...( ....). Vale. Vale. Me acerco a su casa, seguro que esta allí su mujer.- Limia ya tiene la bomba localizada y yo, para no causarle más problemas, le digo que siga con el derribo, que yo mismo voy por la bomba.

No cojo ni el coche, Romero tiene su casa en el Barrihondillo, eso está a escasos cien metros. Llamo a su puerta, sale su mujer, le sonrío con familiaridad, es prima segunda mía por parte de mi padre, le pido la bomba y le doy recuerdos para su marido, que es familia de mi mujer por parte de mi suegra. Luego, con la bomba metida en un saco, subo la calle pensando en lo que pudiera ser el objeto dorado y brillante hundido bajo el agua. Será cualquier baratija, ni mucho menos oro, ¡oro!, ¿Seré iluso?. Bueno lo que sea hay que verlo.

Regreso a la obra, parece que Limia ha dispuesto una alargadera desde el cuadro eléctrico, además tiene una larga soga que me ofrece para amarrar la bomba. Limia ata la cuerda al aparato y empieza a deslizarla hasta lo más oscuro. Al momento amarra el extremo de la soga a los hierros del arco que sujeta la carrucha y enchufa la corriente. Un chorro salobre y escandaloso corre por la cuesta camino de calles más bajas. Limia reanuda su faena, no queda mucho por derribar.

El nivel del agua comienza a bajar, ha pasado una media hora cuando la bomba parece haber acabado con todo el líquido.

Desconecto la bomba, me asomo al brocal y ahora todo está más oscuro que antes. Solo se ven algunos charcos, el pozo está vacío, pero no seco. Además veo caer muchas gotas por los costados. Puedo bajar, pero me tengo que dar prisa si no quiero que se llene de nuevo.

Ahora, sin agua, podemos ver que la profundidad es mucho mayor a la que esperábamos, la escalera es corta.
Se nos ocurre una forma de bajar. Limia me explica que si a la soga se le hace un lazo en la punta y se mete ahí el pie me puede bajar al fondo,, que lo ha hecho otras veces. Yo al principio lo dudo, pero luego me digo que nunca hice locuras y que por una vez no pasará nada. Yo mismo me convenzo y le digo a Limia que prepare la cuerda.

- Bueno manos a la obra, seguro que hace una eternidad que nadie entra en este pozo.

Me agarro al borde y, con la cuerda pasando por la carrucha y el pie pasando por el lazo, voy bajando poco a poco. La soga la va frenando Limia desde arriba. Para ello se ha puesto unos guantes.

Comienzo a bajar, noto frío al principio, pero luego respiro un aire cálido, el olor sigue siendo a hongos, un olor muy húmedo. Las paredes cubiertas por pequeñas raicillas. Llego al fondo, pero no veo nada, me esfuerzo por agudizar la vista y comienzo a reconocer las botellas que antes flotaban y ahora descansan en el lecho arenoso. Tienen una forma rara, alargada, del tipo de botellas antiguas que se dejaron hace mucho tiempo de fabricar. Son bellas, así que le pido a Limia que me baje un cubo atado a una cuerda.

-¿Qué hay?-. Interroga, a la vez curioso e impaciente, con su gran bozarrón desde allá arriba. Yo no le presto atención, estoy intentando encontrar eso que hará una hora me llamó tanto la atención. De momento solo veo botellas algunas, con vino, están aun sin abrir. Quien sabe cuantas veces alguien, intentado mantenerlas frías, acabó perdiéndolas en la garganta del pozo. Voy metiendo todos los vidrios en el cubo, varias con su vino tinto añejo.
-¡Sube!. !Tira de la cuerda.!-. Le grito a Limia.
Mientras el cubo asciende me aparto a un lado por si se pudiera caer algo. Entonces lo veo, en una piedra de un costado, sobresaliendo entre los charcos. Me acerco para corroborar si es lo mismo que antes vi desde arriba. Sí, es ese el motivo que hizo comenzara esta aventura. Y mientras me voy acercando me voy convenciendo. ¡Si, eso era!. Un ciempiés dorado, amarillo brillante con franjas oscuras. No sé si se trata de un ser vivo o de un objeto metálico, es tan brillante y perfecto que descarto la posibilidad de que sea un simple miriápodo, además no conozco ciempiés acuáticos. ¿Será un broche?, ¿será una joya?. Lo toco despacio, con la punta de un dedo. Pero... ¡Qué espanto!. ¡Es un bicho que se mueve, parece mirarme!. Y en una décima de segundo me lanza un vigoroso ataque contra mi mano. La alcanza, me ha picado, tengo dos pequeños cortes en el dedo índice que me escuecen. El repugnante animal se escurre en un charco y lo pierdo de vista, aunque puede estar por cualquier parte.
Noto mi dedo caliente, sin duda su picadura es venenosa, comienzo a marearme, mi corazón late deprisa, mis reflejos disminuyen, caigo, me apoyo en la pared, estoy desorientado. Miro hacia arriba y comienzo a gritar:
-¡Limia, Limia, subeme. Limia, Limia!

-¡He, Arcadio. ¿Té pasa algo?, ¿Te subo?.- Le dije y comencé a tirar de la cuerda, que parecía ligera, como si Arcadio pesara poco. Esa fue mi primera impresión. Como si no fuera Arcadio quien viniera al otro lado del cordel. Pero efectivamente, al poco, pude ver la cabeza y las manos de Arcadio. Lo encontré pálido, extrañamente más delgado, más huesudo que cuando bajó.
-¿Arcadio que ha pasado, que té pasa?- Le pregunté.
-Me picó un ciempiés, me he puesto muy malo, pero creo que ya me encuentro mejor. Me estoy reponiendo.-. Me enseñó un dedo con dos marcas negras.
–¡Joder!, ¿un ciempiés?. Ahora mismo vamos al consultorio. El dedo lo tienes bien pero la cara que traes da miedo verla.
-No, de veras me encuentro mejor. Un poco de agua y verás como me recupero.- En eso estaba, dándole un poco de agua, cuando desde el fondo del pozo subió una voz nítida y clara que me sobrecogió el espinazo.
Alguien desde dentro del pozo me llamaba;
-¡Límia, Limia, súbeme, Limia, Limia!. –Me quedé petrificado, yo miraba a Arcadio, esperando que fuera una espejismo, esperando que ese hombre que acaba de sacar del pozo se esfumara, desapareciera, para que entonces fueran explicables las voces que salían del agujero. Me acerqué con el corazón axfisiándome, y dentro había otro Arcadio. Es decir el pozo albergaba otro ser humano idéntico al que acababa de sacar. Sus ojos me miraban desde el fondo con angustia, necesitaba que lo sacara, pero yo estaba paralizado. ¿Cómo podía subir a otro ser que era igual al que tenía a mi lado?. En ese momento busqué la ayuda de Arcadio, éste no se reponía, estaba mareado, tembloroso e incoloro. Mientras el otro Arcadio, el del pozo, seguía gritándome desesperadamente.

No sé que pudo pasarme, la angustia me invadió, me dominó, se hizo dueña de mis actos. Eso no me podía estar pasando, los humanos no estamos preparados para una situación como esa. Un hombre acaba de mutar casi en mis narices. Un clon me pide ayuda desde el interior de un pozo. Los gritos se hacen cada vez más insistentes. Demandan mi pronta respuesta pero el miedo me tiene abrasado, para mí es imposible enfrentarme a la visión del doble de Arcadio.
En ese momento un pensamiento macabro pasó fugazmente entre las neuronas de mi cabeza: Si cojo la pala y empujo el montón de escombros la pesadilla no habrá ocurrido, solo quedará un Arcadio, el de fuera, sin su copia. Volveré a la ansiada normalidad que todo lo explica.


En la cárcel la vida discurre entra las paredes de un tiempo marchito. La monotonía mastica el alma de los presos, que perdemos la noción de los minutos, de las tardes y las mañanas.
No maté a ese hombre, solo desapareció.
Sí, yo fui quien cegó el pozo, pero cuando lo hice había un Arcadio fuera.

Vale, sé que la Guardia Civil encontró su cuerpo enterrado, pero cuando yo tapé el pozo también había un Arcadio fuera. Todo no se puede explicar en esta vida. ¡No soy un asesino!. ¡Algo le picó a Arcadio!. Los cambios vinieron luego. Había dos Arcadios.

-Está bien Limia, si quieres que yo, tu abogado, pueda hacer algo por ti, debes cambiar esa absurda historia, debes contar otra cosa; una caída, un accidente, un descuido, lo que se te ocurra menos esos cuentos de loquería. Olvida aquello que te dije de la importancia de la Verdad. ¡Olvida la Verdad!. Y escucha, que esta sea tu historia: En un descuido Aracadio cayó al pozo, tu no lo viste desde la excavadora, todo paso deprisa...



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5 comentarios:

Blogger J. M. M. Limia ha dicho...

Limia es apellido de muchas personas (sobre todo en Galicia, de donde es mi abuelo materno) y, además, es el nombre de un río (el río Limia) y de un pueblo y una comarca gallega (Xinzo de Limia). No sé, por tanto, si has utilizado mi apellido o no en este relato. Si es el mío, tampoco sé bien si es un recurso literario (quizá por su sonoridad intrínseca) o si es algún tipo de referencia personal. Si es esto último tampoco la entiendo demasiado bien.

En cualquier caso (perdón por haberme referido inicialmente a un tema particular), me gusta el relato y, sobre todo, amén de cuestiones de estilo de las que no soy partidario , y de las que ya dije algo en un comentario anterior, estoy completamente de acuerdo con su leitmotiv: “Todo no se puede explicar en esta vida”.

28 de abril de 2008, 11:50  
Blogger Aureliano Buendia ha dicho...

Saludos J.M.M. Limia.

He utilizado este nombre de Limia porque tiene, como dices, una sonoridad intrínseca.

Cierto es que hasta ahora solo conocía tu caso. Y sin saberlo ha servido para saber más cosas de su significado. Esto último gracias a tí.

Por cierto, que el Limia de este escrito termine en la cárcel, se me ocurrió en el último minuto, cuando quise cerrar la historia.
Así que primero elegí el nombre del personaje y luego, mucho más tarde, su destino.

Me alegro que te guste.

28 de abril de 2008, 16:07  
Blogger J. M. M. Limia ha dicho...

Existe una leyenda sobre el Río Limia a la que varios autores tardíos, sobre todo Apiano (s. II d.C.) y Orosio (s. V d.C.), dieron el tratamiento más amplio: En una expedición al mando del pretor Decimo Junio Bruto, hacia el último tercio del siglo II a. de C., llegaron las legiones al borde del Rio Limia (también llamado Lethes para los griegos, o Río del Olvido, o Rio do Esquecemento en gallego) y quedaron allí paralizadas ante el temor de que se cumpliera la leyenda: quien se metía en sus aguas perdía la memoria y ya nunca reconocería nada de lo querido en este mundo. Tuvo que ser el pretor mismo, tras arrebatar el estandarte al aquilifer, el que cruzara a la otra orilla ante el espanto de sus legionarios y, una vez allí, los fuese llamando uno a uno por su nombre, y por su genealogía a los centuriones, para covencerles del paso y de que la misión de Roma estaba por encima de viejas y oscuras leyendas.

28 de abril de 2008, 19:00  
Blogger Aureliano Buendia ha dicho...

Pero pocos se dieron cuenta que el pretor llevaba escrito, bajo la visera del casco, todo cuanto pronunció.

Temiendo que fuera verdad la leyenda, no quiso tentarla. Así que cada nombre que pronunció, cada padre y abuelo de romano que nombró, lo tenía escrito en la visera interior del casco. No recordó más bien leyó.
Porque Roma no podía ser vencida por nadie, ni mucho menos por la leyenda del río Olvido.

Cuando hubieron pasado a la otra orilla se dieron cuenta que pocos recordaban sus nombres. Pero no sufrieron, en vez de eso aligeraron conciencias. Se despojaron de todos los remordimientos.

Y al igual que luego hicieran, siglos más tarde, los habitantes de Macondo, tuvieron que ponerse notas en el pecho para poder nombrarse los unos a los otros. Y a la espada le pusieron espada y al casco, casco, y a las alforjas su nombre. Toda la legión parecía un bando de gallináceas de colores, cada uno con sus mil y una plumas de nombres latinos.

De esta guisa llegaron al pueblo, pero también olvidaron para que habían ido. Así que se fueron desparramando por la tierra donde aprendieron nuevos oficios, fundaron nuevos amores y difundieron la semilla de una Roma olvidada.

Y la muerte que portaban los legionarios en sus espadas también se olvidó, se la llevó el río. Ese río que solo está en Galicia y que debiera recorrer el mundo entero; En Iraq, en Palestina, en Tibet, en Somalia, en Afganistán, en Guantánamo, para acallar de una vez las sucias espadas, aunque sea con la enfermedad del olvido.

Saludos.

28 de abril de 2008, 23:18  
Anonymous Anónimo ha dicho...

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22 de diciembre de 2010, 21:24  

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