martes, abril 15, 2008

Dignidad sobre el redondel.


Vengo de tu materia, estoy hecho de lo mismo. Me corta el frío en las mañanas de invierno, sesteo al sol del mismo julio; soy como tú; de carne, huesos y sentimientos.

Sé lo que es el amor, la alegría, todos esos placeres que tu no has inventado; el sabor del agua fresca, el olor del tomillo, el aroma nocturno del embriagador mastranto.

Pero no sé para que te digo esto, tu no sientes los sentimientos, sólo piensas en el divertimento, en la estética de mi muerte, en el espectáculo de la sangría de esta mal llamada fiesta.
!Qué poco te importa que mi carne se rompa ante tu agria sonrisa!

Salí de la oscuridad tras un pinchazo agudo, allí donde me esperaba el gran círculo amarillo; gorros, puros, sol y sombras, cegado por la luz caliente. Busqué encinas, regajos, un acebuche, alcornoques, y sólo encontré un baldío redondo, amarillo y polvoriento, voces, murmullos, toses, cientos de ojos; las miradas de los verdugos sobre mi negra figura. Busqué una salida, pero no había puertas, sólo tablas rojas. Ya nada era como antes. Ni se le parecía.

Entonces saliste tú y, entre brillos y oles, me tendiste un trapo rosa. Te busqué para defenderme, eras el culpable de cuanto me faltaba. Pero no podía alcanzarte; tú, ligero e inteligente, esquivabas cada envite y te esfumabas en una nebulosa rosa de tela y polvo. Mi sudor emanaba por mis poros para caer seco sobre la tierra.

Lo que parecía un caballo era un muro andante. Fije los ojos en él y apreté los dientes. Corrí con todas mis fuerzas hacia su peto y, al chocar, una pulla metálica se hendió en mi espalda con un bocado ronco de dolor y sangre.

Después, de nuevo, quise alcanzarte, casi te atrapo, y te paraste en seco frente al caballo. Encima seguía el señor gordo del palo al ristre. Le eché casta y me tiré a derribarlo pero otra vez, al llegar al peto, la piel se me abrió como una flor de espinos y la cuchilla, castigadora, hurgó en mi herida abierta produciendo dolor sobre el dolor, para convertirme en un triste y rojo surtidor de sangre. Desde entonces anduve como sonámbulo, abandonado a la zozobra de mi agónica muerte.

Y seguías ahí, buscando pelea, pero tu sin heridas cada vez que me esquivabas, con cada lance de tu trapo, mirabas a las gradas y recibías aplausos crecido de felicidad. El público gritaba, jaleaba, ajenos a mi tormento. La música de fondo y la plaza entregada.

De pronto te quedaste solo, y esta vez sin trapo rojo; sólo tenías dos palos de colores en las manos, entonces pensé que ya no te escaparías, que si te alcanzaba me llevarías, obligadamente, a mi dehesa, así que apreté el paso y fui a por ti. Pero saltaste ligero en el aire, los palos cada uno en una mano, y al caer, con sus dos pinchos entraron en mi carne dos aguijones que picaban una y otra vez al moverse. Brinqué, gemí, hice todo lo posible por zafarme de sus garras, pero todo era inútil, aquello era la picadura de la muerte, estaban debajo de mi piel, buscaban la saña y el escarnio. Mientras, las míseras almas te aplaudía y tu, risueño, repetías la tortura. Al aire mi piel violada, mis músculos acribillados, todo mi cuerpo moribundo y maltratado.

Cuando te cansaste de humillarme y fuiste por una larga espada creí que, por fin, todo acababa. Si la clavabas en mi corazón se terminaría el sufrimiento. Antes tuviste la poca vergüenza de vacilar tocándome los cuernos mirando al público para ignorarme. Por mí puedes quedarte con tu valentía. ¿Crees acaso que me importa? Yo sólo quiero que cese el martirio, que me llegue la muerte.

Mi deseo era el del moribundo que sufre, mi sosiego era el final, así que me cuadré frente a tu espada, agache la cabeza para exponerte todo mi lomo abierto al fin rápido de mi historia, y la espada pinchó sobre hueso.

-¡Qué lástima!- Dijiste. –¡Se jodió la faena!.

El dolor alargado por tu mala puntería, pero, al momento, de nuevo lo mismo, me cuadré delante de tu espada, me ladeé un poco a un costado, para enmendar la trayectoria del acero, y empuje al frente buscando el cese de mis torturas. Esta vez sí, por fin la espada entró hasta el fondo y un fuego mudo y lastimero partió mis arterias, mis órganos, abrasando todo a su paso, dejando más y más dolor y sufrimiento. El corazón intacto, ni lo rozó. Aún pudo albergar un sentimiento hondo de soledad y tristeza, guardando en sus débiles pálpitos los recuerdos de mi madre, de mis hermanos, de los amores, de la manada, de las flores, de la hierba, de la cebada, de la lluvia y el arroyuelo.

La sangre lo llenó todo; mi esófago, mi estómago perforado, mis pulmones, era un Toro relleno de despojos, lástimas y sangre. Por la boca intenté aliviar, entre vómitos, esta cruel muerte que me asfixiaba. La sangre empezó a salir dejando sitió a un suspiro, y con ese breve aliento me quedé consciente. Sentí que alguien, en la nuca, me cortaba de un golpe la espina dorsal, me dejó inanimado y dejé de sentirme.

Me ataron unas cuerdas, me arrastraron por el suelo para pasearme por el redondel, y con la poca vida que me quedaba, con el último hálito y la mirada rota, vi sus caras y pensé: -¿Para que tanto dolor? ¿Creéis acaso que mi dignidad os pertenece?




Nota: La foto del toro maltratado no es mía.

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10 comentarios:

Blogger francisco romero ha dicho...

Muy buenas Aureliano, un artículo de verdadero lujo. Me encanta, a parte de lo bien, pero bien narrada la historia, me encanta su significado. Este artículo es maravilloso. Que manera más "torera" de escribir el sufrimiento del toro, y una forma muy fina y real de explicar lo que es el toreo a nuestra manera de ver. Un saludo y gracias.

15 de abril de 2008, 8:01  
Blogger Aureliano Buendia ha dicho...

Me alegra que te guste, Francisco, llevaba tiempo pensando en rendirle un tributo a este castigado ser vivo. Por fin me salió. Ojalá cada vez seamos más los que denunciemos tanto dolor inútil por diversión.
Creo que los toros desaparecerá con la última generación de los que se criaron en el franquismo. Cuando estos se marchen, sólo será un recuerdo de vergüenza. Esos últimos aficionados al toreo cruel tienen los años contados, lástima que hasta entonces sigan maltratando y lástima que la sociedad no se conmueva para pararlo ya.

Hoy pasé frente a la plaza de Toros de Sevilla, bellísima como ninguna, pero pensé ¿Real Maestranza o Auswhitz?

Salud amigo.

16 de abril de 2008, 1:03  
Blogger francisco romero ha dicho...

Pues sí amigo, ojalá se acabe con la generación que tu dices, pero por desgracia le puedo decir que hay mucha juventud que todavía disfruta con tan desagradable espectáculo. Sería una gran noticia para mí que la "fiesta nacional" como es el toreo, desapareciera, y si por esa causa se dejara de criar al toro bravo y se extingue, fíjate lo que te digo, prefiero que se extinga antes de verlo sufrir tanto.
Un saludo.

aaaa, y me encanta su sombrero de paja, lo que pasa es que a mi me araña la calva.

16 de abril de 2008, 7:59  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Me gustaría tener tu vocablo para decirte lo que me ha hecho sentir este artículo. Nunca me gusto lo taurino en todos sus aspectos, pero por fin alguien me ha dicho el por qué no me gustaba. Ojalá todos pudieran leerlo, acudirían a la plaza una vez más para comprobar que es lo que sinte el toro y probablemente la volverían a pisar cuando fuera un macabro museo taurino. Saludos y gracias una vez mas por tus reflexiones

16 de abril de 2008, 11:04  
Blogger J. M. M. Limia ha dicho...

Saludos Aureliano, nunca he escrito en tu blog, aunque es uno de los que leo con asiduidad, y esta entrada me ha parecido conveniente para que fuese la primera. Aunque soy militante contra la violencia animal, no tengo una opinión absolutamente formada sobre la "fiesta nacional" (contradicciones quizás del ser humano). Sin embargo tu relato me ha parecido certero y trabado. Si bien, desde el punto de vista literario no comulgo con la sensiblería innecesaria, ni con los artilugios que la satisfacen, esta reflexión me parece digna y de suficiente valor. Así que, en definitiva, enhorabuena.

16 de abril de 2008, 11:41  
Blogger Aureliano Buendia ha dicho...

Agradezco los últimos comentarios. A anónimo decirle que para sentir sobran los vocablos. Respetar el sufrimiento es primordial en todo ser humano. Si pretende serlo.

Yo no soy escritor, ni fotógrafo, pero tengo claro que soy humano.

Si pisamos la cola de un gato, ¿chilla verdad? Si se quema esta misma cola en el brasero, corre como un gamo, ¿No?. ¿Por que? Porque le duele.

¿Se imagina alguien picar a un gato y ponerle banderillas?. !Qué va, nos daría lástima!. ¡Pondríamos el grito en el cielo! ¿Que diferencia hay con un toro?. ¿El Toro es inmune al dolor?. ¿Me lo puede alguien explicar?

Por eso Limia. Si estás contra el maltrato animal y tienes dudas con respecto al Toro, si tienes perro, gato, tortuga o gusanos de seda. ¿Imaginas clavarle alfileres para divertirte, y considerar a un héroe al valiente que lo hace, por mucha mala leche que tengan el bicho?. Contradicciones quizás del ser humano.

Un abrazo al Anónimo y Limia.
Volved por mi blog cada vez que gustéis ha sido todo un placer.

18 de abril de 2008, 1:26  
Blogger J. M. M. Limia ha dicho...

Tengo un precioso perro que se llama Niro (por Robert de Niro) y, es evidente que, no consentiría que nadie le hiciese el más mínimo daño. Pero yo soy un tipo contradictorio, qué le vamos a hacer. En realidad mi falta de opinión se debe más a que como no me interesan, nunca he pensado sobre las corridas de toros y, en definitiva es de lo que hablamos, su prohibición. Lo que no quiere decir que no esté absolutamente en contra de cualquier tipo de maltrato a cualquier animal y, desde luego, sí que prohibiría la tortura. Pero una corrida de toros es mucho más ¿no? (de hecho hay sitios donde no matan ni maltratan a los toros) y me parece que, en este tema, hay tanto de "pose" progresista por un lado como de defensa cultural de la barbarie por el otro. Por último, no sé, pero no veo demasiada diferencia entre morir (digo sólo morir) atravesado por una espada en una plaza de toros y morir atravesado por otra en un matadero, o degollado en una mesa de matanza. Y tampoco veo a muchos antitaurinos prostentando contra San Martín.

18 de abril de 2008, 11:45  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Cuando el acero me traspasa el corazón
y se le llama fiesta, y otra vuelta de tuerca.
cuando el sadismo se convierte en tradición
y la faena en gesta, y nadie se molesta.

18 de abril de 2008, 15:56  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Rojo, sangre
un color muy nacional
morbo, suerte
sol y arena, ¡vive dios!
arte, muerte
sirve de alimento
pase, valiente
y vuelta al ruedo.
Cuando el acero me traspasa el corazón
y se le llama fiesta; y otra vuelta de tuerca
cuando el sadismo se convierte en tradición
y la faena en gesta, y nadie se molesta.
Pinchos, siente
recital multicolor
pasodoble, ambiente
de nobleza y de pasión
¡la oreja presidente!
los pañuelos al viento
alza la frente
y mira al cielo.

18 de abril de 2008, 17:04  
Blogger Aureliano Buendia ha dicho...

La muerte no existe, solo existe la ausencia de la vida.

La muerte no debe dar miedo a ningún ser vivo, debemos temer al dolor.

El dolor es antinatural, los seres vivos no estamos hechos para el dolor. Es una alarma para tomar medidas, pero no puede ser algo provocado sin un fin que lo compense.

Yo he matado digamos que a decenas de animales y no me arrepiento, maté conejos, pollos, gatitos recién nacidos, he matado arañas, cucarachas, palomos. He matado incluso a perros.

Pero siempre intenté causarles el menor dolor, y nunca los maté por divertimento. Siempre murieron para ser comidos, por ser molestos o peligrosos, o por aplicación de la eutanasia.

Pero si sufrieron, duró poco, nada me preocupaba más en ese certero momento, una muerte rápida y sin dolor.

En el matadero, o en la mesa del matarife, se mata, pero no se tortura.

Me encanta el toreo, ¿Habría otra forma más civilizada de disfrutar del Toro sin torturarlo?

18 de abril de 2008, 20:26  

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