lunes, abril 28, 2008

La enfermedad del olvido.




"Existe una leyenda sobre el Río Limia a la que varios autores tardíos, sobre todo Apiano (s. II d.C.) y Orosio (s. V d.C.), dieron el tratamiento más amplio: En una expedición al mando del pretor Decimo Junio Bruto, hacia el último tercio del siglo II a. de C., llegaron las legiones al borde del Rio Limia (también llamado Lethes para los griegos, o Río del Olvido, o Rio do Esquecemento en gallego) y quedaron allí paralizadas ante el temor de que se cumpliera la leyenda: quien se metía en sus aguas perdía la memoria y ya nunca reconocería nada de lo querido en este mundo. Tuvo que ser el pretor mismo, tras arrebatar el estandarte al aquilifer, el que cruzara a la otra orilla ante el espanto de sus legionarios y, una vez allí, los fuese llamando uno a uno por su nombre, y por su genealogía a los centuriones, para covencerles del paso y de que la misión de Roma estaba por encima de viejas y oscuras leyendas."

Pero pocos se dieron cuenta que el pretor llevaba escrito, bajo la visera del casco, todo cuanto pronunció.

Temiendo que fuera verdad la leyenda, no quiso tentarla. Así que cada nombre que pronunció, cada padre y abuelo de romano que nombró, lo tenía escrito en la visera interior del casco. No recordó más bien leyó.
Porque Roma no podía ser vencida por nadie, ni mucho menos por la leyenda del río Olvido.

Cuando hubieron pasado a la otra orilla se dieron cuenta que pocos recordaban sus nombres. Pero no sufrieron, en vez de eso aligeraron conciencias. Se despojaron de todos los remordimientos.

Y al igual que luego hicieran, siglos más tarde, los habitantes de Macondo, tuvieron que ponerse notas en el pecho para poder nombrarse los unos a los otros. Y a la espada le pusieron espada y al casco, casco, y a las alforjas su nombre. Toda la legión parecía un bando de gallináceas de colores, cada uno con sus mil y una plumas de nombres latinos.

De esta guisa llegaron al pueblo, pero también olvidaron para que habían ido. Así que se fueron desparramando por la tierra donde aprendieron nuevos oficios, fundaron nuevos amores y difundieron la semilla de una Roma olvidada.

Y la muerte que portaban los legionarios en sus espadas también se olvidó, se la llevó el río. Ese río que solo está en Galicia y que debiera recorrer el mundo entero; En Iraq, en Palestina, en Tibet, en Somalia, en Afganistán, en Guantánamo, en Euskadi, en Colombia... dónde malvivan los oprimidos, para acallar de una vez las sucias espadas, aunque sea con la enfermedad del olvido.


"Otra versión de esta segunda parte de la historia, aunque ésta no transmitida por ningún texto y, por tanto, menos creíble para nuestras mentes científicas del siglo XXI, cuenta que a la alegría de olvidar el hierro y los fundíbulos, el derecho y la tortura, siguió la desesperación de haber olvidado el amor y la primavera junto a tus amigos de la infancia.

Es más, las legiones de Bruto olvidaron que llevaban ya siglos civilizando con el fuego al mismo tiempo que olvidaron construir un puente sobre el Limia. Así que durante el resto de la Historia todas las gentes que cruzaron este río fueron, al cabo, nadie. Y los peregrinos se convirtieron en ateos, y los comerciantes en libertinos, e incluso se cuenta que la niebla perenne de aquellos campos sólo es el reflejo extendido de las mentes de sus cientos de habitantes desperdigados, incapaces de encontrarse y reconocerse como un pueblo.

Porque “todo no se puede explicar en este vida”, no se entiende cómo junto al silencio de las sucias espadas, aquellos legionarios, hermanos de piratas Somalíes, olvidaron también el vuelo del águila y el olor de los pechos de sus madres.

Así que hasta muchísimo tiempo después (no se sabe cuánto, porque también se perdieron los calendarios y los cómputos), no llegó allí un artífice que levantó, por fin, un puente antes de mojarse en las aguas. Se dice que no por su sabiduría o por el conocimiento de la leyenda, sino por la crecida del río tras una temporada de tormentas. Y sólo entonces se le pudo poner nombre a un pequeño poblado: Macondo; y el mismo arquitecto llamó García Márquez a un joven que deambulaba recogiendo setas del subsuelo, aunque sin saber para qué, y al que le seguía tapando los agujeros le llamó Herodoto."



Con el permiso y agradecimiento a J.M.M. Limia iniciador de esta historia y magistral artífice de la segunda versión.

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4 comentarios:

Blogger acordeprometeo ha dicho...

Una vez más, fantástica narración...gracias maestro por tan magistral pluma. Es un deleite leerte para los que amamos la lectura.

Un abrazo paisano

29 de abril de 2008, 9:17  
Blogger J. M. M. Limia ha dicho...

Otra versión de esta segunda parte de la historia, aunque ésta no transmitida por ningún texto y, por tanto, menos creíble para nuestras mentes científicas del siglo XXI, cuenta que a la alegría de olvidar el hierro y los fundíbulos, el derecho y la tortura, siguió la desesperación de haber olvidado el amor y la primavera junto a tus amigos de la infancia.

Es más, las legiones de Bruto olvidaron que llevaban ya siglos civilizando con el fuego al mismo tiempo que olvidaron construir un puente sobre el Limia. Así que durante el resto de la Historia todas las gentes que cruzaron este río fueron, al cabo, nadie. Y los peregrinos se convirtieron en ateos, y los comerciantes en libertinos, e incluso se cuenta que la niebla perenne de aquellos campos sólo es el reflejo extendido de las mentes de sus cientos de habitantes desperdigados, incapaces de encontrarse y reconocerse como un pueblo.

Porque “todo no se puede explicar en este vida”, no se entiende cómo junto al silencio de las sucias espadas, aquellos legionarios, hermanos de piratas Somalíes, olvidaron también el vuelo del águila y el olor de los pechos de sus madres.

Así que hasta muchísimo tiempo después (no se sabe cuánto, porque también se perdieron los calendarios y los cómputos), no llegó allí un artífice que levantó, por fin, un puente antes de mojarse en las aguas. Se dice que no por su sabiduría o por el conocimiento de la leyenda, sino por la crecida del río tras una temporada de tormentas. Y sólo entonces se le pudo poner nombre a un pequeño poblado: Macondo; y el mismo arquitecto llamó García Márquez a un joven que deambulaba recogiendo setas del subsuelo, aunque sin saber para qué, y al que le seguía tapando los agujeros le llamó Herodoto.

29 de abril de 2008, 9:18  
Blogger Aureliano Buendia ha dicho...

Hola Prometeo, comparto tu agradecimiento con J.M.M. Limia, que bien me está ayudando.

¿Sabes?, mi próxima entrada será iniciar una historia, y le iré dando paso a quien quiera continuarla.

Así que ya sabes que cuento con tu aportación, y la de J.m.m. limia, por supuesto si gustáis.

Un Abrazo.

29 de abril de 2008, 14:53  
Anonymous Anónimo ha dicho...

necesidad de comprobar:)

28 de septiembre de 2010, 16:53  

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