jueves, abril 30, 2009

De pies a cabeza



Miraba la calle desde el ventanal, era diciembre, fuera los seres caminaban encogidos, los hombres parecían pajarracos siniestros manchando la nieve de sombras.

Ella lo miraba todo, con lástima, desnuda de pies a cabeza, su mano derecha tocaba el vidrio helado.

Él contemplaba su precioso culo, tenía forma de pera cortada en el centro o de tibio melocotón maduro. Su espalda recordaba un paisaje de sembrados en primavera.

Ella no quería mirarlo, acababa de hacerle el amor de un modo despreciable, la había utilizado como a una vieja muñeca que de casualidad te encuentras en un rincón oscuro y esperas reparar recuerdos a costa de manosearla.

Desde la calle la imagen de la mujer era grandiosa; su melena ondulada, sus hombros bien dibujados, altivos, el contorno de sus pechos firmes y la oscuridad de su entrepierna. Pero la gente no reparaba en su desnudez. A todos se les estaba escapando la visión de una diosa. Nadie veía tampoco su vientre donde los años empezaban a descolgar arrugas. Ni sus ojos rotos. Ni la lluvia de su cara.

Él desde la cama le gritó: -¡No pienso aguantar tus histerias de niña rica!-. Y cogió el vaso de whisky y se lo lanzó a la espalda. Ella se estremeció de miedo y frío. Por sus glúteos resbalaron gotas doradas lamiendo los aromas de su precioso cuerpo. Y fuera, un niño, de pronto la vió, y deseó tocarla.

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