domingo, junio 08, 2008

La Nora.


Nos llamó desde la puerta. Entramos con desconfianza. ¿Qué podía querer la vieja más cascarrabias del barrio?. La misma que despotricaba una y otra vez de todos nosotros.

Entramos por el portón con los ojos recelosos y a un palmo por delante de nuestras caras. Una vez dentro nos sobrecogió el olor a vejez de la vivienda, tendría los mismos años que su dueña, o incluso más. El suelo, brillante de barro, con ladrillos rectangulares, ligeramente en pendiente y con algún que otro bulto.

En el costado un aparador gigante marrón oscuro con encimera blanca de mármol. Sobre la piedra algunas fotos en blanco y negro; varias parejas de recién casados serios, un niño de marinero con sonrisa melancólica. La única a color, un soldado jurando bandera. Un poco más arriba, tras las vitrinas, docenas de estampitas descoloridas; santos, vírgenes, Jesucristos y otras especies.

Sobre nuestras cabezas redondas vigas donde las termitas mascaban y defecaban madera sin importarles ni nuestra presencia ni nuestra existencia. Entre madero y madero torcidas tablas con anidados mohos.

Una mesa redonda, el centro de la sala, algo escorada por la pendiente del piso. En el centro de la mesa una botella de vidrio, su agua a la mitad. Un vaso boca abajo haciendo las veces de tapón. Arriba una bombilla apagada de esas que se encienden tirando de un cordel metálico. A los siete niños del grupo nos entró deseos de tirar de él para comprobar que, como era de esperar, la bombilla se encendería al momento. Pero nadie se movió.

-¡No os quedéis en la puerta, entrad pa dentro!- Más que una petición aquello sonaba a mandato
–Id al patio y coged los gatitos de la Nora.

Ya le parió otra vez la gata a la Tía Sista, en el cajón nos la encontramos tumbada con todo su vientre abollado de tetas redondas y lamiosas. Siete gatitos amamantaba, ninguno se parecía a Nora, todos manchados de marrones y amarillos, los ojos cerrados, sus cuerpos calientes entre papeles de periódicos. La gata untaba la lengua por sus patas delanteras mientras ronroneba orgullosa de su camada.

La Tía Sista nos dio cinco duros y una bolsa de plástico, allí metimos los gatitos, nadie dijo nada más, todos sabíamos en qué consistía el trabajo; el pequeño Francisquito, su hermano Tomás y Nora desde su cajón.

Salimos a empujones por la puerta entre abierta, una sinfonía de maullidos cortos como compaña. Ya en la calle los quisimos sacar de la bolsa. Repartidos todos entre la pandilla fueron juguetes durante un rato. Alguien se dedicó a cazar y a matar pulgas, como si eso aun importara.

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2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Por primera vez no quería llegar al final de tu historia, lo cuentas todo tan bonito que hubiera sido muy triste leerlo. Gracias.

9 de junio de 2008, 0:32  
Blogger Aureliano Buendia ha dicho...

Al final llegó el final.
Ellos no sufrieron, eso espero.
La eutanasia rápida ya estaba presente en nuestras mentes infantiles. El instinto de la Nora llamaría muchas veces más pidiendole macho, y mientras los niños verdugos seguiamos creciendo pero con antecedentes.

Un abrazo.

10 de junio de 2008, 14:45  

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