lunes, mayo 19, 2008

A manta a manta...



Y resulta que un hombre muy flojo tenía una huerta enorme, con sus naranjos, sus higueras, granados, olivos y perales. Tierra fértil y profunda en la vega de un cristalino torrente.
Pero, como decía, era muy flojo, perezoso, holgazán, como se dice en el pueblo “más flojo que un vendo”. Y se le hacía la huerta un mundo. Las hierbas se la comían, secaban sus jugos, no dejaban hueco libre donde cultivar. Toda la tierra cubierta de un tupido manto de castañuelas, verdolagas y correhuelas.
Por las mañanas, dejando a su mujer en casa, llegaba a la huerta con la intención de comenzar la faena, pero al ver las malas hierbas, la tierra dura, los ásperos terrones, se asustaba del trabajo por emprender y escurría el bulto. Luego tiraba su manta al suelo y a la sombra de un frondoso nogal, en la parte más fresca en verano o más soleada en invierno, se daba el costalazo, y en vez de comenzar a enderezar la mal llevada propiedad, dormitaba pensando:
- No podré nunca con esta huerta. !Que grande es!. Ésto es demasiado para una persona. ¿Por donde empiezo si esto es enorme?. Tanta hierba, tanta tierra, tanta faena... Y se dormía.
Al llegar a su casa su mujer le preguntaba por la huerta y él le contaba que era tan grande, que la tierra estaba tan dura, que había tanta hierba. Esto a ella le desesperaba y le recriminaba que no se podía tener la huerta abandonada, que si era más flojo que un muelle guita, en fin todos los días cuando llegaba del huerto le cantaba las cuarenta.
En cierta ocasión la mujer se paró a pensar y le dijo:
- Marido, tengo algo que proponerte.
- Tu dirás. Le contesto el marido con la desconfianza que suele albergar el más crédulo si la oferta sale de los labios de su mujer. Ella continuó:
- Pues bien, ya sé que te amargo cuando llegas y me entero que no hiciste nada. Ya sé que te amargas cuando llegas a la huerta y ves que el trabajo pendiente aumenta cada día. Pues bien. Me dices que, a diario, pones la manta en el suelo y duermes un rato, ¿cierto?. Mañana harás lo mismos y no me enfadaré.
El marido la miró con cara de desconfiado. ¿Dónde estaría la trampa?.
La mujer prosiguió: - Pero con una condición; tendrás que coger el azadón y labrar la tierra de debajo de la manta. Y cada día tendrás que elegir un lugar distinto para la siesta. Es fácil; antes de poner la manta cavarás y colocarás siempre la manta sobre la tierra más blanda. Pero nunca repetirás el sitio.
Y así lo hizo todos los días desde entonces. Elegía una porción de terreno, quitaba las malas hierbas, labraba y, luego encima, colocaba la manta para, de inmediato, conciliar el sueño, un profundo sueño a la nana del petirrojo y la chicharra.
Al mes la huerta era otra; sin cenizos, sin mocos de pavo, sin grama, toda limpia, labradita, blanda, un vergel, la propiedad más bonita y fecunda.
Entonces la mujer, satisfecha por haber hecho trabajar al vago marido, orgullosa por su avispada inteligencia, le dijo:

– Marido, te das cuenta que; “a manta, a manta, la huerta no es tanta”.

Nota:
Esta vieja fábula me lo contó muchas veces, siendo un niño, mi padre. Con él me transmitía la más rica de las herencias, que a su vez le cediera mi abuelo. Legándome así uno de los tesoros verbales de mis antepasados. Siendo, quizás yo, en muchas generaciones, el primero en transformar este tesoro en relato escrito, dejando ahora la memoria rubricada con las huellas de estas letras y compartiendo con todos ustedes una de mis mayores riquezas.


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2 comentarios:

Blogger LEONARDO ALANIS ha dicho...

He elegido este lugar de tu blog, con esta foto precisamente, para decirte que he escrito el texto que sigue en mi blog personal ("tierra prospera")Por si no lo encontraras, así dice. LLeva por título "Escribir es como mostrar una huella del alma (En reconocimiento al Aureliano Buendía de Gerena". "Quiero darte las gracias por lo que escribes y por el modo como lo haces: desplegando con belleza tu alma sobre quienes te encuentran. Gracias por dibujar esos paisajes por los que pasean felices nuestros recuerdos. Sé quien eres y no necesito pronunciar tu nombre para señalar a personas a las que quiero. Gracias por lo que escribes. Debes saber que escribir no es fácil. Como diría un clásico con los que enseñaron a leer y a escribir a una niña, hija de emigrantes españoles en Francia, a la que bien conozco: "Écrire n'est pas seulement une activité technique, c'est aussi une pratique corporelle de jouissance" (...que traducido a nuestros sentimientos viene a decirnos que "Escribir no es sólo una cuestión de habilidad técnica, sino, sobre todo, una expresión de alegría"). Gracias, pues, por esa alegría que nos transmites en las palabras que escribes y con las que nombras tu mundo, tu Macondo particular y profundo. Todo el que tenga una alegría de la que presumir, debería escribir, aunque el gran Don Antonio, en la voz de Juan Mairena nos diga: "Yo nunca os aconsejaré que escribáis nada, porque lo importante es hablar y decir a nuestro vecino lo que sentimos y pensamos. Escribir, en cambio, es ya la infracción de una norma natural y un pecado contra la naturaleza de nuestro espíritu. Pero si dais en escritores, sed meros taquígrafos de un pensamiento hablado. Y nunca guardéis lo escrito. Porque lo inédito es como un pecado que no se confiesa y se nos pudre en el alma, y toda ella la contamina y corrompe. Os libre Dios del maleficio de lo inédito". Estoy seguro de que hay muchos Aurelianos Buendía escondidos en el anonimato de una afición cultivada con tan hermosos frutos como los tuyos. Sigue escribiendo para tí y para nosotros, sigue escribiendo que quiero leerte a altas horas de la madrugada, a esas horas en que busco las sorpresas que nos brinda este ingenio maravilloso del ciberespacio que, mira por donde, en muchas cosas, nos acerca tanto. Ya lo dijo Cervantes: "La pluma es la lengua del alma". Gracias por descubrite así de ese modo como lo haces, aunque escondas tu rostro, ese que aún conservas de niño traviesillo, ingenioso y risueño. Escribe, no es difícil hacerlo. Para Oscar Wilde no existen más que dos reglas para ello: tener algo que decir y decirlo. Además, escribir es , como bien dice Graham Greene, una forma de terapia. "A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror, pánico inherente a la condición humana". Gracias, Aureliano, por lo que escribes y el modo como lo escribes. Gracias. Y si para darte las gracias he escrito este texto tan largo, ha sido porque no he tenido tiempo de hacerlo más corto. Sigue escribiendo, Aureliano, que un día de estos iré por los alrededores de tu Macondo natal a darte las gracias y, de camino, a robarte algunas frutas con las que endulzar y seguir alimentando los recuerdos y los afectos.

1 de julio de 2008, 19:25  
Blogger Aureliano Buendia ha dicho...

¿Y que te digo amigo, que tu no sepas?. ¿Cómo creeré que tengo algo que enseñarte si siempre fue al revés?.

Es todo un lujo tenerte en el universo de las teclas. Y saber que, además de los demases, también estás tú.

Y abrir la ventana, ahora que todo el aire sabe a poco, y leerte en tu Tierra Próspera, que será de todos, como el que va a la fuente del Gato a echarse un sorbo.

Esta es la maravilla de la blogsfera, cada cual pone lo que te tiene y todos nos servimos.

Escribir es muy difícil y temo cansarme. Cuando pare te estaré leyendo.

Ahora que estás tu, pensaré que hice un viaje en el tiempo para llegar a una reunión nocturna, allí donde los ranos de la Molineta en vez de croar, berrean. Internet se convertirá en una tertulia de los setenta, en aquel clandestino remanso, donde mis amigos de siempre se mezclaran con los nuevos, los jóvenes, con los viejos, también las hembras con los machos y cada cual dará de sí algo, como el que reparte el pan en la mesa.

Hablar contigo es tirar una piedrecilla a un profundo pozo y esperar paciente que el sonido te devuelva un eco. Leonardo, tú eres ese eco.

Un fuerte abrazo Amigo Maestro.

16 de julio de 2008, 0:15  

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