miércoles, julio 14, 2010

¡Vaya diligencia!



Cuando mi padre se levantaba de la siesta mi madre ya estaba en la cocina; en la casa se oía el silbido fino de la cafetera. Ellos lo tomaban mientras yo, perezoso y sin ganas, me incorporaba de la manta tirada en suelo, la recogía y me calzaba los botines viejos y la ropa de faena.

Tuve suerte de ser una vez un niño que trabajaba ayudando a su padre. Ahora, con la distancia de los años y la ganas de ser, a mi vez, un buen padre, comprendo que él así me estaba educando, me estaba entrenando para la vida, aquello de: “Dar cera... pulir cera”.

Después del café mi madre cogía las sobras de la comida y nos marchábamos al campo, pues había cosas que hacer. Siempre dijimos, en mi familia, que aquello más que hacer era emprender. Ahora, que los tiempos han cambiado, me acuerdo de esa palabra con cierta nostalgia, pues parece que he perdido, o quizás nunca tuve, aquella cosa rara. Parece que sólo mi padre atesoraba esa capacidad inmensa de emprender. Qué complicado emprender.

Y salíamos a la calle, aun cuando el calor sofocaba, pero antes de partir llamaba en la puerta de mi tata. Ella nos guardaba también los desperdicios de su casa. Yo metía la cabeza por su puerta encajada -esa puerta que en mi vida he conocido cerrada y que me dolería en el alma verla así algún día-, por la ranura entreabierta preguntaba, desde el mismo umbral, a pleno grito: “¡Tata...! ¿Hay desperdicios...?”
Mi más hipócrita interior decía: “Ojalá que no, ojalá que no haya”. Pero la mayoría de las veces había y ella me contestaba chillando desde lo más profundo: “¡Siiiiiii...!” Entonces yo, resignado con mi obligación de mandado, entraba y recogía un cubo que una vez fue todo de color azul. Dentro, tapados por una bolsa de plástico, nadaban despojos irreconocibles en un agrio cóctel; restos de gazpacho, sandía, algunas lentejas, varias trozos de bollos, otros caldos...

Fue en aquella época, en un ataque de inspiración, cuando se me ocurrió una celebre frase; debido al olor que desprendían los desperdicios desde el maletero del coche de mi padre teníamos, inevitablemente, que sacar las cabezas por las ventanas para poder llegar a la huerta con la menores fatigas y las mínimas arcadas. Aquel Simca 1.200 parecía por la cuesta de Periquillo una diligencia del oeste; todos mirando por las ventanas por si aparecían los indios. Así quedó para la posteridad aquella frase mía de:

“¡¡¡Vaya diligencia!!!”

El ataque de risa que tuvimos ya quisiera yo lo vendieran en farmacias.







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4 comentarios:

Blogger Aureliano Buendia ha dicho...

Al final este Blog mío se está convirtiendo/pervirtiendo en mis memorias. ¿Qué le vamos a hacer? Me gustaría tanto saber escribir de otras cosas; analizar la sociedad, escudriñarla y sacar en cada texto una radiografía del mundo en el que vivo. Pero tan sólo sé aporrear este teclado de plástico(No es falsa modestia).

Alguien dijo que sólo se puede escribir de lo que se ha vivido. Cuánta razón tenía.

14 de julio de 2010, 0:40  
Blogger kinisantos ha dicho...

No cambies nunca tu estilo Aureliano, porque ya no sería el Aureliano de Gerena.

Un abrazo...

14 de julio de 2010, 10:57  
Blogger Belén ha dicho...

Cada uno hace con su blog lo que le sale... ya verás como poco a poco irá tomando vida propia, te lo digo yo, que ya no sé ni lo que es mi blog...

Y tu entrada me ha recordado mucho a mi infancia, no teníamos campo, pero mis padres eran como los tuyos, trabajadores incansables (y lo siguen siendo, ozú)

Besicos

14 de julio de 2010, 11:23  
Anonymous José Juan del Valle Ramírez. ha dicho...

Salud a tod@s.

En el fondo que más da, si somos nada sin memoria y que mejor misión asignar a una pagina en blanco, que la de albergar cual lugar seguro y amable, nuestros sueños y recuerdos.

Saludos Aureliano.

15 de julio de 2010, 7:50  

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