jueves, diciembre 08, 2011

La lección de la Taza




Cuando el ratón entró debajo de la taza, la de sutiles flores del color del cielo de Gerena cuando hace buen tiempo, hurgó en el rico queso del dedal tramposo, y la taza hizo: “cloc”, y llegó la oscuridad; pero no sólo aquello era destacable; el planeta entero había sufrido un pequeño cambio, un terremoto minúsculo. Al ratoncito, que hasta entonces había disfrutando de una existencia libre y fugaz; comida, agua, ratones, ratonas... se le había cambiado la escena, su vida había cambiado de escenario, y el ratón se preguntó a qué suertes de tramoyistas se podía deber variación tan grande.

La taza cerrada, la oscuridad, el planto frío, el dedal; con su olor a costurera, con su rica corteza de queso dentro. Y el ratón, pequeño, con sus bigotes olorosos, del sabor de la leche de oveja, esperando el siguiente capítulo de su vida, se puso a comer queso; un bocado, luego dos. Si hubiera tenido conciencia –suerte que no la tenía- de la vida y de la muerte, seguro que en ese momento se habría dicho: “Si he de morir, mejor hacerlo harto”.

Tampoco el queso dio para mucho, pero por lo menos le ayudó a coger el sueño, y se durmió, y a los pocos minutos su corazón empezó a latir un poco más despacio, y su pequeño cerebro entró en la fase que los estudiosos del sueño llaman “mor”, o “rem”; y comenzó a soñar cosas bonitas, cosas corrientes de ratones; soñó con un nido cálido de hilos de algodón, que poco a poco se fue volviendo en algodón de azucar; soñó con montañas de comida: trigo, maíz, harina, chocolate... un taponcito con un buchito de vino: un sueño lindo. Luego soñó que comandaba una guerrilla de ratones, y que atacaban a un enorme gato blanco, al que le hacían morder la lona, una y otra vez conseguían humillar al temible felino. Más tarde el sueño cambió, y le vinieron a su cerebro imágenes de un campo lleno de flores y de semillas, donde comenzaba a caer una fina lluvia, que lo mojaba todo. Se sentía fresco, pero feliz, en su sueño; húmedo, mojado entre miles de hojas caídas llenas de rocío. Pero cada vez había más agua, y todo se transformaba en un profundo charco, donde el ratón caía y comenzaba a ahogarse, entre un montón de hojas amarillas.

Y aquí el sueño termina. La cruda realidad vuelve. Alguien coge el plato, el ratón y la taza, y los pone en un cubo de agua. El ratón nada, con todas sus fuerzas. La taza y el plato hundidos en el fondo del cubo, y sus menudas manitas arañan las paredes de cinc del cubo. El nuevo escenario es muy frío, húmedo, resbaladizo. El corazoncito le late desbocado. Pero el instinto del ratón le mantiene a flote. Nada y nada, mueve con ritmo sus patitas diminutas.

Todo aquello lo observa un niño, que lo mira con ojos atentos. El niño y el ratón se miran a los ojos; la mirada del ratón es tierna, la del niño curiosa. El niño está recibiendo una lección triste de fragilidad.





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4 comentarios:

Blogger Erna Ehlert ha dicho...

Pobre niño, pobrecito ratón.

9 de diciembre de 2011, 22:00  
Blogger La sonrisa de Hiperión ha dicho...

Bonita historia la del ratón... pero que jodida es la vida, algunas veces.

Saludos y feliz fin de semana.

10 de diciembre de 2011, 12:54  
Blogger DANI ha dicho...

Joder tio, menuda crueldad inconsiciente, no??

Todos hemos sido asi??? :((

Un abrazo enorme

12 de diciembre de 2011, 22:45  
Anonymous Carmencita ha dicho...

Que lástima de ratón, allí también había una niña. Pero nunca pensó que leería esto cuando grande y que se sentiría tan mal por esa crueldad, con lo fácil que hubiera sido mirar para otro lado y no ver nada.

29 de diciembre de 2011, 0:56  

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