domingo, marzo 21, 2010

Tiempo, heridas, ámbar y olvido



“ Dios aplaca nuestros temores de mamíferos y la perspectiva intolerable de que nuestros placeres un buen día se terminan.” (Barbery Muriel “La Elegancia del Erizo”)

Hace muchos años que dejé de vivir en mi pueblo y me vine a esta ciudad con olor a coche donde los vecinos no se conocen, casi ni se hablan; por eso desde el ordenador me regreso; a esa tierra dónde nacieron, viven y mueren la mayor parte de los seres humanos que han pasado y que van pasando por mi vida. Será por eso de esa sensación que se me repite con asiduidad cada vez que vuelvo; cuando ando por Gerena siento como si también viajara por el tiempo; además de calles, rincones, cuestas y esquinas, está todo lleno de él; de tiempo; viajes en los que veo a seres que llevo conociendo toda mi vida y que a algunos, de golpe, los encuentro muy cambiados; hay flacos ahora gordos, hay gente de mediana edad ahora casi viejos, niñas ya mujeres, y ancianos, tristemente, más decrépitos, más resecos. A todos les pasa lo mismo que me pasa a mí; todos se van llenando de huellas finas y gordas, de las cicatrices que hacen las heridas del tiempo.

Qué más da si existe el tiempo o no, existen los cambios y eso ya es suficiente. El tiempo se muestra por sus cambios. El tiempo pasa si pasamos y, sobre todo, el tiempo es una fortuna de vivos, pues no existe para los muertos; ellos se quedaron prisioneros allí, en el recuerdo de los vivos y para ellos ya el tiempo no existe, y ni envejecen, ni cambian; son los mismos, y están igual que la última vez que los vimos. El recuerdo a los muertos es como el ámbar a aquellos insectos prehistóricos, precisamente también muertos.

El ámbar del recuerdo dura poco; un par de generaciones. Luego se diluye, y los muertos que quedaron en aquel estado incorrupto y eterno desaparecen para siempre sin dejar nada, llegando así a la fase final de la muerte, que no es otra que el olvido, esa enfermedad que no duele, que está hecha de un material distinto a todo y que es capaz de autodestruirse, de alimentarse de sí misma para que no quede nada.

Nos equivocamos al pensar que moriremos cuando dejemos de respirar o cuando el corazón no nos lata. Ese día no es el día de la muerte, es sólo el día en que se nos para el reloj. Pero la verdadera muerte no es esa, si acaso el principio de ella, o una de las muchas fases de la propia existencia.

Los ausentes, los que ya no envejecen, siguen muchos años después en el recuerdo de los que viven, y solamente el día en que nadie nos recuerda, solo ese día, se produce nuestro verdadero final, o lo que es lo mismo la verdadera muerte; el olvido absoluto. La inexistencia total.

Los cambios que provoca el tiempo están ahí; aviso a navegantes. Cada uno se los tome como quiera, o como pueda. Será mejor tomarlos a buenas; mejor, sin duda, un envejecimiento digno a una lucha encarnizada contra las huellas del olvido y, sobre todo, mucho mejor ser víctima de las heridas del tiempo que del jodido ámbar.

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10 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Una vez mas coincidimos, eres capaz de poner palabras y ordenar las ideas que van pasando por la cabeza. Saber envejecer es importante pero aun lo es mas el tener claro que la verdaderas herencias no son las meteriales sino las costumbres y valores que seamos capaces de inculcar en los que nos rodean. Si haces esto bien, nunca moriras.
Sigue asi.

22 de marzo de 2010, 10:47  
Blogger ALVARO ARIAS ha dicho...

A todos nos aterra la idea de tener un entierro al que vaya poca gente. Lo tendrán quienes no hayan dedicado tiempo a buscar el tesoro de la amistad y se han distraido en el acopio de otras fortunas o en subir peldaños de la escala social.

Cuando venga a buscarnos la Parca, como decía Serrat, mejor llevar en las alforjas cariño y recuerdos, en lugar de monedas de oro que no servirán en el más allá.

Un abrazo y enhorabuena por este post.

22 de marzo de 2010, 12:36  
Blogger FlorVenenosa ha dicho...

De la misma manera que nos olvidan, nosotros también olvidamos, aunque suele pasar que lo que más se recuerda es aquello que queremos olvidar y se pierde en el olvido lo que querríamos retener.
Al fin y al cabo el olvido es el instrumento de la memoria para poder seguir almacenando información.
Saludos

22 de marzo de 2010, 14:54  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Te felicito por ser como eres.
Los navegantes que deben darse por aludidos, miran hacia otro lado.
Navegan en fango..........
Un abrazo
JOSUCO

22 de marzo de 2010, 16:32  
Blogger Pelayo ha dicho...

Como de costumbre, has vuelto a dar en el clavo.

Un abrazo camarada.

22 de marzo de 2010, 18:17  
Blogger DANI ha dicho...

Tio, tus escrito son fabulosos. Haces pensar en lo jodidamente furte que hay que ser para compartir (que no vivir) esta vida.

Un abrazo enorme

22 de marzo de 2010, 22:50  
Anonymous José Juan del Valle Ramírez. ha dicho...

Saludos Aureliano.

Siempre quedarán los aficionados a la Genealogía y también las tecnologías capaces de contener recuerdos, en el "ambar" de la fotografía por ejemplo.

Salud a tod@s.

24 de marzo de 2010, 15:11  
Blogger Jaht ha dicho...

Pues algunos, Aureliano, viven con ochenta años como si fueran a seguir pataleando otros ochocientos dentro del ámbar. Siguen comprando, vendiendo y dando ordenes severas; dicen no creer en la jubilación como si fueran imprescindibles y el día que cascan lo hacen con un dedo levantado para recriminar al de la funeraria el error que está cometiendo.

24 de marzo de 2010, 21:14  
Blogger Aureliano Buendia ha dicho...

Gracias amigos por vuestros comentarios. Me encantan.
Si acaso discrepar ligeramente amigo Álvaro contigo; quizás a muchos nos importe un pimiento cuantos vienen a nuestro entierro. La verdad es que a mí no me gustaría tener entierro. Sólo quiero un lugar. Pero es algo mitad manía y mitad principios. Mi mujer me dice, para meter cizaña, que mis cenizas las va a tirar en la planta de oportunidades de El Corte Ingles. Eso me aterraría. Yo tengo elegida una encina y ese es mi única voluntad. Lo demás, una vez fiambre, me importa sinceramente poco.

Me alegra teneros por aquí, volved por favor.

24 de marzo de 2010, 23:07  
Blogger ALVARO ARIAS ha dicho...

Estimado Aureliano:

A mí tampoco me importa la manera en que me entierren, porque no me voy a enterar. Pero sí deseo que en mi despedida esté presente la gente a la que quiero y que me quiere. Si alguien no tiene quienes le acompañen en ese último viaje es que ha sembrado muy pocos afectos a lo largo de su vida. Y eso es, cuanto menos, triste. Fracasar en el cultivo del amor y la amistad es lo que nos aterra; en definitiva, quedarnos solos.

Un abrazo.

25 de marzo de 2010, 10:53  

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