martes, enero 29, 2008

Una joya del alma de Gerena

La niña Lole es la alegría de la Brujera, siempre de buen humor. Las risas nacen en su casa como los jaramagos en los corralillos. Su marido en el campo, sus hijos por ahí, por la vida, y su puerta abierta. Por ella salen y entran las risas, los chascarrillos, interminables conversaciones encadenadas.
Su puerta, obligada parada de las mujeres que, cargadas de trapos, van y vienen de la fuente.

Y como uno más de la familia, atado a una estaca, todo brillante, sonrosando, guarro y elegante, vive en la calle por el día y por la noche acurrucado bajo la cama. Es una mascota alimenticia, criatura ecológica recicladora de sobras. Un vecino más de la Brujera.

En las largas tardes de lluvia, entorno a la ropa estufa, con el calorcito del cisco, entre juegos, charlas, y las bromas de esta genial niña, su cerdo vigila desde el escalón cualquier cosa que huela a comida. Cada día más guapo, más gordo, moviéndose de aquí para allá, la hucha viviente, la cartilla porquina del ahorro. Disfrutando del sol, del agua, del barro. Viviendo alegremente su efímera existencia.

Porque llegará un día que, sin caber por la puerta, será mirado con gastronómico deseo, y lo llamarán a participar de su última fiesta. Envuelto en los aromas de la agulaga en llamas, de la sal y el pimentón, de la sangre derramada. Entre un coro de chiquillos harapientos, con la melodía de los peroles, de los huesos quebrados, de los ladridos por los despojos.

Sentada en el umbral está la Niña Lole, con su pelo blanco recogido a la nuca, hablando con las vecinas; con las que bajan de la iglesia, con las que suben a la capilla, sonriente, simpática. Su casa abierta al pueblo. Un hogar, una niña, una joya del alma de Gerena.

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