lunes, febrero 04, 2008

Ánimo y gracias.

A las 7.30 me despertó el timbre del móvil, pues lo utilizo como despertador y, como todos los días, no fui capaz de levantarme hasta las 7,50. Me puse las zapatillas, fui al baño, y cuando vi mi imagen en el espejo le pregunté: ¿otra vez tu?.

Me lavé la cara y me afeité. Luego, muy despacio, para no despertar a los pequeños monstruos, bajé las escaleras y preparé dos biberones con leche, cereales, Nesquik, y una pizca de azúcar.
Llamé a Pedro, que quiso empezar el día viendo un capítulo de Pipi Lastrum, en eso estaba mientras se tomó el bibi. Luego llamé a Oscar, el mayor, que protestó porque siempre su hermano elige la programación de la tele. Se negó a desayunar viendo Pipi, y le tuve que dar el biberón frente a la televisión de mi dormitorio viendo Sinchán. Por cierto Sinchán iba a una competición de lucha libre entre mujeres y al final del episodio decía: - Yo de mayor quiero ser luchadora. Y el padre le comentaba; - Si te gusta, y te operas, podrás serlo.
Luego, a la cuarta vez, se levantó mi mujer y, a la velocidad de un caracol cojo, se dirigió al baño. Al salir, con los ojos algo más abiertos, comenzó a vestir a los niños. Yo bajé de nuevo para preparar los bocadillos, hoy el menú estaba formado por salchichón. Mientras preparo los bocadillos, como antes, al hacer los biberones, aprovecho para oír la radio, me gusta el programa de la cadena Ser que presenta Carlos Francino, a veces se me hace muy pesado el tema de los obispos, o de las promesas para después de las elecciones. Me gusta a las 8,20 cuando dan las noticias de Sevilla, me entero de los atascos, del tiempo, de lo más importante que ocurre en esos momentos en la ciudad.
Cuando subo, una vez las mochilas han quedado preparadas, me suelo encontrar a Pedro ya vestido y sin peinar, empezándose el segundo capítulo de Pipi. La madre está terminando de vestir a Oscar, cada uno con su chándal azul oscuro y su perrito bordado en el pecho.
Pedro odia lavarse la cara siendo este el motivo de la primara batalla del día, ¿cómo puedo dejar que se marche al colegio con esas legañas?. Él se retuerce, se esconde, grita y patalea por no sentir la toalla húmeda en su rostro y, como si se tratara de herrar una bestia, tengo que forzarlo, para encontrar sus mofletes y su boca entre puñetazos patadas y llantos. Imagino que algún día acabará aceptándolo.
Una vez los dos peinados y preparados bajamos las escaleras, cogemos nuestras maletas, le damos un beso a mama y bajamos al garaje, los monto en el coche, los llevo hasta la guardería y los dejo a cada uno en su clase. Pedro suele llorar dos de cada tres días. Oscar me da un beso en la puerta y pasa a su mesa como un ángel entrando en un jardín de inocentes.

Me marcho al trabajo, la oficina está a unos quince minutos. Hasta las once estoy liado con mis quehaceres, sobre esa hora me tomo, en el bar de abajo, medía tostada con aceite y tomate acompañada de un café manchado. Luego subo y a piñón fijo sigo con mis líos hasta las dos de la tarde que me como un bocadillo, unos roscos y algunas galletas. Y hasta que no son las siete pasadas no me marcho.
Cuando llego a casa me esperan los dos leones sedientos de juegos. Mamá agotada, desesperada de tanto niño. La mayoría de las veces ya los tiene bañaditos y nos ponemos a jugar hasta las ocho y medía, luego me ducho, mientras Pedro ve otro capítulo de Pipi y Oscar juega a alguna cosa sobre su cama. Cuando salgo de la ducha les hago la cena o ayudo a hacerla a mi mujer, les damos de comer, ceno y bailamos un poco escuchando Parchís, mientras recojo la cocina.
Los subo a eso de las nueve y media, ya es hora de dormir. Pedro llora, grita, te pega, cuando lo sacas de la cama de Oscar para llevarlo a su propia cama. Después de darles agua dos o tres veces, contarles un cuento corto, o cantarles una canción, por fin se rinden y se quedan dormidos. Entonces ya estoy para el arrastre. Me acuesto, casi sin fuerzas para hablar, abrazo a mi mujer y me duermo. Y así cinco días a la semana.



Ánimo para todos esos padres y madres que luchan día tras día. Que no nos abandone la energía. Que no se nos borre la sonrisa.

Nada como tener hijos para saber lo que hicieron por nosotros nuestros mayores.

Agradecimiento para los que siguen luchando con sus nietos. Gracias de corazón por la generosidad de vuestra ayuda. Gracias por TODO.

Gracias mujer. Gracias por tu trabajo y sacrificio. Muchas gracias a todas las madres por vuestro amor de récord Ginnes.

A. buendía.

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