jueves, febrero 07, 2008

Los adoquines del amor.



Una calle de mi pueblo, limpia, sencilla, silenciosa. Un paseo para encontrarte, para ver a un amigo y charlar un rato, preguntarle por la marcha de su vida. Darte la mano con fuerza, sonreírte y sonreírnos, regalarnos un poco de cariño.
Encontrarme a mi tita, darle dos besos sonoros, ponerme al día de las novedades de mi familia, hablar del tiempo que pasó sin vernos. Comentar lo poco que llovió este otoño.
O cruzarte con esa niña. Mirar desde lejos, mientras baja la cuesta, su contoneo, el femenino gesto de su cuerpo. Captar la sensualidad de esa hembra que despide al viento feromonas asesinas. Te cruzas con ella, es solo un segundo, tus ojos lanzan chispas, fotografían su cuerpo, buscando cualquier atisbo sensual. Quieres iniciar una conversación, pero el "hola" sale como el tropiezo con el que se atascan las demás palabras, y no te atreves, no puedes.
Pasa de largo, se queda a tu espalda. Tu mente se la imagina transformada en la diosa del deseo, ligera de prejuicios y con toda la piel encima. Almenos te regaló una sonrisa.
Ya se marchó, solo queda su recuerdo y un corazón palpitando con prisa.
Llegas a la puerta de la farmacia, esta cerrada como siempre, pero giras el picaporte, empujas y entras. Eloisa sale de una sala lateral enfundada en su bata blanca, su pelo rojo, te mira, te pregunta con los ojos que quieres, y tu aun pensando en élla. Entonces caes en la cuenta, que Eloisa se impacienta y tu madre te mandó a comprar crema para las almorranas.
Eloisa te pone la caja en el mostrador; - Son trescientas setenta y cinco. Le pones las quinientas te devuelve el cambio y una media sonrisa. Y con tu bolsita en la mano sales a la calle.
Ya sin ningún romanticismo. Miras al suelo y ante tus pies se extiende un mar de adoquines moteados como un laberinto inmenso. Piensas que el adoquín que pisas toca al de al lado y éste a otro que esta pegado, y detrás otro, y otro, caes en la cuenta que hay un camino de adoquines tocándose entre tu pie y entre el pie de élla. Haría falta un nuevo sentido para poder seguir la pista de los adoquines del amor, tu no lo tienes. Porque tu misión es otra, y bien distinta, llevar la pomada de las almorranas a tu madre y devolverle el cambio.

A. Buendía.

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