Entre tú y yo

Cada vez que había una procesión todo el pueblo salía a la calle. Como en ese momento, cuando las primeras lluvias, que los hormigueros bullen y explotan y todo el personal sale fuera junto a sus reinas... Siempre fue así que yo recuerde; niños lustrosos con calcetines de hilo y chalecos de pico; chiquillas con lazos rosas, melenas lavadas, vestidos blancos; prendas reservadas para contadas ocasiones y siempre repetidas en todas ellas.
La plaza del mercado con los veladores hasta la corcha y el quiosco, de ladrillos vistos, allí en un lado, con algunos chiquillos haciendo cola.
También ponían un puesto de pescado; papas fritas al instante que saltaban y burbujeaban en un barreño; croquetas, merluzas, adobos, calamares tomando pacientes el olor y el color del oro frito. Allí nos mandaba por pescaito una mujer única que me dio tanto amor que ni se entiende. Ella, siempre enlutada, que no conocí pisando ninguna fiesta ni procesión, se conformaba con invitarnos a la fritura o algún turrón, si ese año ponían el puesto. Otras veces nos daba para que comprara unos cartuchitos al tío de los camarones: –Camaroneeeee...- pregonaba. Entonces, de niño, disfrutaba calle abajo, calle arriba, o comprando algunas chucherías en el puesto de “Las Gordas”. Luego vino la época dura y tierna de los primeros desamores; también junto al paso, un poco antes de llegar la virgen, me embobé con una niña de Sevilla que sólo volvía los días de fiesta. Y entonces el suelo y el cielo se me juntaban, y las casas de una acera con las de la otra... Pero, perdida para siempre la inocencia trémula de aquellos años, a uno sólo le queda ya seguir pisando este camino simple de la vida adulta, y considerar afortunados aquellos que sienten. Y vuelvo a recordar aquellas viejas de mi viejo barrio que al oír la banda, aunque cojeando y con la ropa de casa, se asomaban a la esquina y metían escondidas las cabezas por algún hueco para ver los mismos santos y las mismas santas; que son en sí como puertas que dan al tiempo; breves pasos –así se llaman- abiertos mientras la virgen dobla la esquina; la magia de lo perdido; hombres, mujeres y niños que se pudrieron.
Yo, impío de mí, a estas alturas y con mis respetos, prefiero aquel gusto de un buen genio que nació en Moguer que cuando el pueblo salía en jolgorio le gustaba oírlo desde bien lejos; desde caminos solitarios o sendas quietas; acompañado, si pudiera ser también, de un rucio nervioso y asustadizo que requiriera de mis caricias y mis susurros; pues no hay animal más bello, ni patas que puedan con corazón tan grande.
–Qué no te asusten, Platero, esos cohetes y esos tambores. Tranquilo, tranquilo, no tengas miedo...
Y mientras tanto me asaltarán dudas de si esa unión bella de todo un pueblo se pudiera repetir en otras causas, en otras cosas: cuando un vecino se quedara en paro, o cuando nuestra madre Tierra lo requiriese; para todos juntos limpiar el río, o denunciar abusos contra lo débil, o alzar las voces por nuestros árboles, o decir: basta ya, no más ladrillos.
Y todo esto, Platero, entre tú y yo. No quisiera, amigo, que me tomaran por aguafiestas.
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