Mi oficio

Y aquí me tienen con mis redes, de día las coso, reparo sus heridas, los arañazos, las huellas de aquéllas que hacen daño, las que afiladas rompen, ensucian, envenenan... pero todas no son iguales.
Soy pescador, un viejo pescador. Al atardecer pongo en la corriente la trampa y por la mañana, casi aun dormido el Sol, me apresuro a la orilla a cobrar mis capturas, el día que quiere la providencia.
Es difícil pescar buenas palabras, esto ya no es como era antes, ahora una buena palabra tarda días, semanas... Todas, las que suele llevar el río, son palabras necias, vulgares, malsonantes, malnacidas.
La noche pasada tuve mucha suerte; pesqué dos bellísimas palabras. ¡Una pesca increíble! Pesqué “Chacha” y “Caterfa”.
¡Qué palabras! Como endulza “Chacha” las oraciones. “La Chacha Mercedes llegó en el viajero con una cesta preñada de panes” ¡Quién empezara un libro con esa frase! O “ El Chacho Juan perdió la gorra cuándo el tormentón de las Carbonillas”.
¡Qué suerte! ¡qué fortuna la mía! con mi bote de melocotones ahora lleno de palabras: “Chacha”, “Caterfa”...
Porque fueron dos... ¡También atrapé “Caterfa”! Esa palabra que encierra la prole hambrienta, menudos pobres, hijos de miseria, amor y viento. “Caterfa”, qué buena pieza.
¡Cuestan tanto las buenas palabras! pero en fin, ¿Es tiempo, a estas alturas, de perder la paciencia? Mejor sigo con las redes, esta noche puede que me entre una “Abrea” o una “Chirricaela”, o tal vez un par de palabras de huerta; ¿“Hocino” , “Almaciga”? o una sonora... “Rimbombante”. Ojalá tenga suerte. Que estos huesos ya no saben hacer otra cosa. Sólo pescar palabras.
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