De huevos, fe y gallinas.
Porque estoy hecho de recuerdos y mi futuro no será otra cosa que recuerdos por desgranar, viene a mi memoria uno de esos momentos que son, en el fondo, mi fondo.
Se trata de una gallina incubando dentro de una caja de madera con una cruz puesta enfrente, justo delante del pico. La gallina parece rezar, o implorar, en silencio, que su nidada salga adelante.
En el tinglado, al fondo del todo, de una casa larguísima que baja como una oscura escalera de rellanos conectados, de salones en penumbra, y paredes forradas de señores, con bigote y sombrero, en falsos jardines de cisnes descoloridos.
Al final, abajo del todo, una ropa de camilla, una bombilla y el aparador, con la caja donde se guarda el cambio.
Allí me mandaba mi madre a por huevos. Que los recuerdo preciosos dentro de un baño de paja. Francisca los sacaba con mimo de un oscuro cuarto; parecía que los estuviera defendiendo de un mundo perverso y ruin. Y los contaba, o los cantaba, entre números de nana, con su voz fina y suave, susurrando la musiquilla de los dos, los cuatro, los seis, la docena, la docena y media, y toma, este de regalo. Cuando los huevos pasaban por sus manos eran joyas que pudieran romperse sólo de mirarlas. Los cogía y los metía en la huevera de alambre, también con forma de gallina. Parecían sus propios hijos que, por necesidad, pusiera en venta. Limpios y brillantes, con sus corazones milagrosos para pasarlos por agua o por aceite.
Me gustaba ver a las gallinas cluecas, dentro de sus nidos, con sus crucecitas de pequeños palos atados. Me decía Francisca: - Esta sale de cuentas el martes que viene, si Dios quiere. Las tormentas me la pueden desgraciar. La vez anterior se asustó y perdió, no menos, la mitad.
Días más tarde me la encontraba orgullosa escarbando y hurgando por los rincones. Los pollitos vivaces corriendo por todas partes, atentos a los cloqueos de su madre.
También allí se quedó mi infancia, en casa de Francisca la de Quintín, en la calle La Plaza, un lugar de gallinas con fe.
