jueves, julio 16, 2009

Cuando éramos niños

En el patio una frondosa parra colgaba de un emparrillado sobre nuestras cabezas. Además, un fuerte y joven algarrobo que parecía estaba inventando el color verde, y un limonero escuálido, esquelético, enfermizo, pero siempre adornado de brillantes limones, como bombillas de vida. Ellos tamizaban al sol, hacían que la sombra pintara los adoquines, y nosotros, dos niños, a pesar del sofocante calor, pudiéramos jugar en los largos medios días de verano; a los indios, a las tiendas... o a lo que fuera. A esa hora en que la siesta es una bendita plaga y los estómagos se afanan en la gástrica tarea de las digestiones de gazpachos, sandías, sopeaos... A esa hora dura cuando no se ven volar a los pájaros y desde las acantonadas puertas se propagaban repetidas melodías del Coche Fantástico, el Superhéroe Americano, o de la serie de una mujer apasionada llamada “Bella.”

Mi hermana siempre defendía las hormigas rojas; las más pequeñas. Yo a las negras; las más grandes. Las rojas eran más numerosas, en esto consistía su gran ventaja. Las negras, más fuertes y rápidas. Si las cogías te dejaban en los dedos un olor, entre repugnante e intenso, que jamás podría olvidar. Una hormiga roja no tenía nada que hacer contra una hormiga negra, pero la cuestión era que las rojas atacaban en masa. Si ponías una hormiga roja en una bulla de negras, se escapaba como se escaparía un ratón bajo una manada de elefantes. Pero lo contrario; poner una hormiga negra en un enjambre de rojas, eso era otra cosa. La negra huía despavorida y a las rojas, que eran capaces de dar la vida por atacar, nunca les importaba morir, sólo morder y agarrarse donde fuera. La primera hormiga mordía y ahí se quedaba colgando del gigante, la segunda y tercera ralentizaban su huida, la cuarta ya conseguía frenarla, luego la multitud ya la atenazaba, al poco la hormiga negra agonizaba bajo el enjambre de rojas, hasta que era convertida en el alimento de las pequeñas y su cuerpo, desmembrado, viajaba camino del fondo del hormiguero. La revolución de los débiles ante nuestras narices.

A veces elegía una hormiga negra solitaria, cogía un trozo de pan lo bastante grande para que no pudiera, por sí sola, arrastrarlo y se lo plantaba frente a sus antenas. Luego observaba como intentaba moverlo, lo atacaba por varios flancos y, una vez que se daba por vencida, se marchaba en busca de ayuda a su hormiguero. Así era como podía descubrir su nido. A los pocos segundos veía, entre divertido y asombrado, como un sinfín de desconocidas se encaminaban hasta el trozo de pan para, gracias a su nutrido número, hacerse con el preciado botín.

Tenían que darse prisa porque si yo me marchaba y mi hermana las descubría perderían su codiciado tesoro de miga y corteza. Como dije antes ella protegía a las rojas y fastidiaba a las negras. Sobre todo si discutíamos. En ese caso ella machacaba mis hormigueros mientras yo metía palos, chicles, gel de baño o Mistol, dentro de los suyos.
Conocíamos todos los hormigueros de nuestro patio, aun puedo recordar donde estaba mi preferido; entre las grietas de los adoquines que tiempo atrás fueran el suelo de un antiguo molino de aceite. Allí sobrevivían laboriosas, ajenas a las dos criaturas gigantes que, una cruel y otra benevolente, vengaban sus discusiones sobre sus diminutas existencias.
Cuando lo veranos eran largos. Bajo una parra: las avispas, el sol y la calima, compartiendo el mismo patio. Y las hormigas rojas pequeñas y las negras grandes. Y mi querida hermana y yo, cuando éramos niños.

Etiquetas: ,

jueves, junio 18, 2009

Es un enjambre amarillo.


Es un enjambre amarillo que campa a sus anchas,
entre las lindes de pasto seco, rompesayos moribundos
y esqueletos añejos de lo que fueron cardos.

Todo está preparado para que el verano nos muerda.
Se instale por los rastrojos a sus enteras anchas
y galope por las cuesta Periquillo abrasando los hormigueros.

El pueblo quiere al verano, pero es un amor platónico;
una vez llega lo sacia de una sola estacada,
sobre todo cuando los cuarenta se meten en la sombra.

Lo girasoles aguantan, saben escudriñar los poros de la tierra.
Encuentran humedades invisibles, son acróbatas de la sed.
Los especialistas del secano. Milagrosa planta.
Fuente amarilla, aceitosa, de luz carnal y brillante.

Cuando llego, desde Sevilla, me alegro tanto de verlos.
Flores del jardín de mi pueblo.
Que
me imagino billones de abejas y trillones de pipas.

Porque,un año más, quiso volver el verano.
Y veo a Gerena preciosa, abrazada de amarillo.

Etiquetas: ,

jueves, julio 03, 2008

Desamor de verano.

Quizás la culpa de aquel doloroso amor de verano la tuvo la absurda escunita del Coche de Papa; su cancioncilla, el vaivén, la mirada de aquella niña de la segunda fila. Todo aquello me hizo caer en la más dolorosa y dulce de las experiencias; mi primer desamor de verano. Hecho de plazas, de bancos, olores nocturnos a dama de noche, paseos a la confitería de Pepi para comprar flanes y Petazetas.

Preñado el cielo de blancas estrellas. En las farolas, ajenas a mí, las polillas achicharrándose y las gordas salamanquesas grises de banquete.
El corazón en estampida, y solo miradas.

Todo aquello tuvo la culpa, pues la dulce enfermedad de la adolescencia entró en mi como un tiro, que partiera corazón y sentidos. Que abriera mi persona, en formación, a los caprichos de las calles, de las esquinas.
Sentados en la Barda, aun sin saber del amor.

Etiquetas: ,

martes, junio 24, 2008

Mañana de verano.

Me despertó mi madre con un susurro. Por fin era la hora y, por los nervios, había dormido poco.
Por la ventana entraba una tímida luz de verano en amanecida.

Salimos a la calle fresca y silenciosa, aun las farolas encendidas, el día por estrenar.

Nerviosos, menudos, emocionados por la aventura. Las manos cogidas a esa entrañable mujer de bata negra y pelo blanco.

Al llegar a la Placita, me sorprendió el barullo, las risas, las carreras de algunos niños. El resto del pueblo durmiendo ajeno a la muchedumbre y a sus bártulos.

A la hora en punto llegó el autobús. Nos sentamos en un solo asiento sin parar de sonreír.

El conductor, con pocas ganas de playa.

Etiquetas: ,

martes, junio 10, 2008

Mitocondrias y bocadillos de tortilla.


La ventana abierta cazando la más ligera brisa del recién estrenado verano. Ya algunos de mis amigos habían abierto temporada dándose un baño en el Cachón.

Los mosquitos, atraídos por el flexo, caían sobre el libro de Biología, las mitocondrias, el ácido ribonucleíco y la osmosis directa e inversa.

La puerta de mi cuarto cerrada a cal y canto, el sonido de la tele casi ahogado. Pero la ventana, esa era insufrible. Todos jugando al bote, ¡justo en mi ventana!. Y yo, enfrascado entre células eucariotas.

Que daría por salir un rato, pero hoy, el día antes del examen, sería un suicidio. Ya me había cogido el toro, la vaca y la ganadería al completo. Así que me esperaba una penosa noche al sabor de un café, azucarado, asquerosamente amargo. Algunos años después, en la universidad, habría de comprender lo absurdo de la dichosa técnica del atracón el último día.

Pero lo más duro era esa ventana, con sus grillos cantarines y los gritos de Manuela llamando a sus hijos para aprovisionarlos de bocadillos de tortilla. Y esos mosquitos libres que abrasaban sus alas al calor de la bombilla azul. Y el aire fresquito cargado de tentadoras voces.
Encima sabiendo que posiblemente todo fuera inútil.
Y escuchar el bote rodando por la cuesta abajo con el barullo de mis amigos corriendo a esconderse. Eso era mortalmente doloroso. Entonces buscaba en el mueble bar dos trocitos de algodón, mi walkman aiwa con los Dire Straits a todo volumen, y entre mosquitos, polillas y otros insectos voladores, tragaba sin ganas el gordo libro de Biología.

Después, con la mañana amaneciendo, realizaría el mejor de los resúmenes tatuado, en miniatura, sobre mi Bic impoluto. Luego marcharía con la remota esperanza que la providencia quisiera haber puesto a mi encuentro la preguntan de las dichosas mitocondrias, y si no quizás la aguja del compás me hiciera recuperar la memoria aniquilada por los posos del café. En aquel incipiente verano y en aquella, para el estudiante, cruel Gerena de tardes eternas y bocadillos de tortilla jugando al Bote.

Etiquetas: , ,