Cuando éramos niños
Mi hermana siempre defendía las hormigas rojas; las más pequeñas. Yo a las negras; las más grandes. Las rojas eran más numerosas, en esto consistía su gran ventaja. Las negras, más fuertes y rápidas. Si las cogías te dejaban en los dedos un olor, entre repugnante e intenso, que jamás podría olvidar. Una hormiga roja no tenía nada que hacer contra una hormiga negra, pero la cuestión era que las rojas atacaban en masa. Si ponías una hormiga roja en una bulla de negras, se escapaba como se escaparía un ratón bajo una manada de elefantes. Pero lo contrario; poner una hormiga negra en un enjambre de rojas, eso era otra cosa. La negra huía despavorida y a las rojas, que eran capaces de dar la vida por atacar, nunca les importaba morir, sólo morder y agarrarse donde fuera. La primera hormiga mordía y ahí se quedaba colgando del gigante, la segunda y tercera ralentizaban su huida, la cuarta ya conseguía frenarla, luego la multitud ya la atenazaba, al poco la hormiga negra agonizaba bajo el enjambre de rojas, hasta que era convertida en el alimento de las pequeñas y su cuerpo, desmembrado, viajaba camino del fondo del hormiguero. La revolución de los débiles ante nuestras narices.
A veces elegía una hormiga negra solitaria, cogía un trozo de pan lo bastante grande para que no pudiera, por sí sola, arrastrarlo y se lo plantaba frente a sus antenas. Luego observaba como intentaba moverlo, lo atacaba por varios flancos y, una vez que se daba por vencida, se marchaba en busca de ayuda a su hormiguero. Así era como podía descubrir su nido. A los pocos segundos veía, entre divertido y asombrado, como un sinfín de desconocidas se encaminaban hasta el trozo de pan para, gracias a su nutrido número, hacerse con el preciado botín.
Tenían que darse prisa porque si yo me marchaba y mi hermana las descubría perderían su codiciado tesoro de miga y corteza. Como dije antes ella protegía a las rojas y fastidiaba a las negras. Sobre todo si discutíamos. En ese caso ella machacaba mis hormigueros mientras yo metía palos, chicles, gel de baño o Mistol, dentro de los suyos.
Conocíamos todos los hormigueros de nuestro patio, aun puedo recordar donde estaba mi preferido; entre las grietas de los adoquines que tiempo atrás fueran el suelo de un antiguo molino de aceite. Allí sobrevivían laboriosas, ajenas a las dos criaturas gigantes que, una cruel y otra benevolente, vengaban sus discusiones sobre sus diminutas existencias.
Cuando lo veranos eran largos. Bajo una parra: las avispas, el sol y la calima, compartiendo el mismo patio. Y las hormigas rojas pequeñas y las negras grandes. Y mi querida hermana y yo, cuando éramos niños.
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