Consejos de imaginación

Don Luis Cano, el presidente general, golpeó por vigésima vez la mesa y gritando se dirigió al consejo:
-¡Estoy harto de pagar unos sueldos que no merecen! ¿A caso piensan que mi empresa se dedica a la beneficencia?- Su rostro ardía en cólera - ¡Quiero ideas! ¡Buenas ideas! Hay que saber que quiere la gente de ahí fuera, y mi empresa lo tiene que vender. ¡Tenemos que ser los primeros! Jamás consentiré que vayamos a la saga de nadie. ¡O ganamos o no jugamos! ¿Entendido?
- Si, claro..., por supuesto- decían tímidamente la docena de señores encorbatados que rodeaban la mesa.
-A ver, Inaza, ¿Cuánto ganas al mes?- Inaza, intentando tragar la saliva que aprisionaba el cuello de su camisa, le contestó:
-Don Luis, no soy yo de los que más ganan en su empresa.
Al señor Cano se le llenaron de furia los ojos, contrajo los labios, síntoma inequívoco de que su mala leche hervía a borbotones, levantó la cabeza, arqueó las cejas, y con las pupilas inyectadas de odio empezó hablando muy bajo in crescendo a medida que iba escupiendo sus palabras:
-¿Le he preguntado si usted es el que más gana? ¡Me tienen cansados, no saben ni responder a mis preguntas! ¡Es tan difícil, joder!
-Don Luis, gano casi 4.000 euros-. Se apresuró Inaza a añadir, todo ello a media voz.
-Más pagas..., más incentivos..., ¿Verdad?
-Si Don Luis; sin contar las pagas y los incentivos.
-¿Y no le da vergüenza señor Inaza? ¿Y no sienten todos vergüenza? Un año como este que deberíamos haber crecido como la espuma y aun no estamos entre las diez empresas más ricas. Aquí faltan mentes, cabezas inteligentes. Creí que podía contratar a los más preparados, y quizás ustedes lo estén, pero no son los más listos. Son como los demás; a llevárselo calentito y a la empresa que la parta un rayo. ¡Malditos chupa sangres!
El señor Inaza, como todos, sabía que en estos momentos lo mejor que se podía hacer era no hacer nada, y sobre todo no hablar; esperar que el presidente soltara toda su rabia, que vomitara sobre ellos su ristra de frustraciones y, si a caso, imaginar.
En los fragores de aquellas crisis Inaza imaginaba siempre lo mismo: Que a Don Luis le daba en aquel mismo instante un infarto fulminante, cayendo muerto sobre el sillón de la presidencia. Luego todos los consejeros, en medio de una algarabía festiva, se quitaban las corbatas y las tiraban por los aires. También los papeles eran lanzados al techo, todos gritando y riendo de alegría. Y, curiosidades de las mentes humanas que utilizan hilos invisibles para conectarse unas a otras, en ese momento todos los presentes, la dirección de la compañía en pleno, imaginaban exactamente lo mismo, la misma escena, el mismo rictus facial sobrevenido por la cogestión.
A Inaza se le escapaba una involuntaria sonrisa. Y todos, a la vez, saboreaban el deseo nítido de ver al director muerto; con los ojos perdidos, con la boca desencajada; derrumbado sin una gota de fuerza; como un perro rabioso después del tiro de gracia.
Continuará...
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