
Existen tréboles de cuatro hojas, yo tengo uno; lo cogí, lo metí dentro de un libro. Por ahí anda, seco, entre dos hojas de papel escrito, como si formase parte de una bonita historia. Pero no sé en qué libro está. Necesitaría mucha suerte para poder encontrar otra vez mi trébol de la suerte; paradojas.
Hay muchas personas que buscan estos tréboles, que tiran dinero y esperanzas en este propósito. Se equivocan; no lo buscan en el sitio apropiado.
Por ejemplo: veo a gente parada frente a unas asquerosas máquinas de mil luces, hipnotizadas, parece como si les robaran las almas, las voluntades, absorbidas por unos “bonus” que dan cinco y que cobran diez. Van corriendo detrás de una suerte que me recuerda aquella leyenda de las sirenas, que quienes oían su canto ya nunca regresaban.
La suerte nunca se puede comprar. A la prueba está que los ricos no tienen más suerte que los pobres: sólo tienen más cosas.
No entiendo el negocio de la suerte o, por ejemplo, que en cada bar habite una de esas mentirosas máquinas de la suerte. Es triste ver a tantos dedos danzando entre las carteras y los “insert coins”, que criaturas se dejen robar, una y otra vez, de los ojos, de las mentes, por una puñado de monedas también robadas.
Existen tréboles de cuatro hojas, y hay muchos, por todos lados. Para verlos sólo hay que fijarse bien, abrir los ojos, mirar cerca; la suerte puede estar pegada a ti, ahí mismo, sin necesidad de buscarla; en el sofá, al otro lado de la cama, en la cocina, o lavando los críos... Tan cerca, tan lejos, ahí está: la verdadera suerte.
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