Para la libertad sangro, lucho, pervivo. Para la libertad, mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas, y entro en los hospitales, y entro en los algodones como en las azucenas.
Para la libertad me desprendo a balazos de los que han revolcado su estatua por el lodo. Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos, de mi casa, de todo.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan, ella pondrá dos piedras de futura mirada y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. Porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida.
MIGUEL HERNÁNDEZ, "El hombre acecha" (1938-39)
SENTADO SOBRE LOS MUERTOS
Sentado sobre los muertos que se han callado en dos meses, beso zapatos vacíos y empuño rabiosamente la mano del corazón y el alma que lo mantiene.
Que mi voz suba a los montes y baje a la tierra y truene, eso pide mi garganta desde ahora y desde siempre.
Acércate a mi clamor, pueblo de mi misma leche, árbol que con tus raíces encarcelado me tienes, que aquí estoy yo para amarte y estoy para defenderte con la sangre y con la boca como dos fusiles fieles.
Si yo salí de la tierra, si yo he nacido de un vientre desdichado y con pobreza, no fue sino para hacerme ruiseñor de las desdichas, eco de la mala suerte, y cantar y repetir a quien escucharme debe cuanto a penas, cuanto a pobres, cuanto a tierra se refiere.
Ayer amaneció el pueblo desnudo y sin qué ponerse, hambriento y sin qué comer, el día de hoy amanece justamente aborrascado y sangriento justamente. En su mano los fusiles leones quieren volverse para acabar con las fieras que lo han sido tantas veces.
Aunque le falten las armas, pueblo de cien mil poderes, no desfallezcan tus huesos, castiga a quien te malhiere mientras que te queden puños, uñas, saliva, y te queden corazón, entrañas, tripas, cosas de varón y dientes. Bravo como el viento bravo, leve como el aire leve, asesina al que asesina, aborrece al que aborrece la paz de tu corazón y el vientre de tus mujeres. No te hieran por la espalda, vive cara a cara y muere con el pecho ante las balas, ancho como las paredes.
Canto con la voz de luto, pueblo de mí, por tus héroes: tus ansias como las mías, tus desventuras que tienen del mismo metal el llanto, las penas del mismo temple, y de la misma madera tu pensamiento y mi frente, tu corazón y mi sangre, tu dolor y mis laureles. Antemuro de la nada esta vida me parece.
Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene, y aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue, en los veneros del pueblo desde ahora y desde siempre. Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte.
Caminos de nubes, caminos de viento, senderos antiguos, carriles del tiempo. Campos de flores abrazan mi pueblo, son como soles comidos de insectos.
Campos de espigas prendidos de tarde, cerros peinados por manos amables. Por las altas lomas, por los hondos valles, vienen mareas de todos los mares.
Tengo mis ojos llenos de carriles, tengo en el alma las aves a miles, y en los oídos arrullos y llantos de ánsares altos que pasan volando.
Tengo la tierra pegada a las suelas, tengo garbanzos dentro de mis muelas, olor a mastranto metido en la ropa, y a búcaro fresco me sabe la boca.
Tengo en la mente nacidos melones, ardiendo, de verdes, barros y terrones, fruta golosa que comen las liebres, reculos roídos que ya nadie quiere.
Millones de estrellas constelan el cielo, en aquella mi noche de niño y misterio. Velo la luna y suenan mil grillos. Sueño mosquitos que me comen vivo.
Al lado mi padre, duro como el suelo, que guarda su mato de pobres rateros. Tiene la prestancia del hombre ermitaño salvando melones de todos los daños.