
He llegado a los Pelotones y no veo a nadie.
El cerro es amarillo de pasto seco, a excepción de numerosas moles de granito grisáceas que parecen emergen de la tierra a un paso lento, imperceptible a la vista.
El bochorno de septiembre es pegajoso y hace calor, aunque ya parece que afloja.
-¿Dónde estará esta gente?- Me pregunto.
Se me ocurre ponerme a silbar. Si están por aquí, seguro me oyen. Silbo con tanta fuerza que incluso me mareo un poco. A la tercera, tengo suerte, he oído un silbido lejano de respuesta. Deben estar más arriba, en la Azoteilla. Entonces Rafael, desde lo alto, se asoma para hacerme señas y con la mano me dice que suba.
Todo el camino es de hierba seca, peñascos y trocitos de cristales de colores desperdigados por el suelo. Por fin arriba los veo. Allí está toda mi banda, los cinco de siempre, de varias edades y todos los pelos. Están sentados, frente a la puerta del campo del Palacio, en una gran piedra que hace las veces de banco. Miran nerviosos algo con los ojos como platos.
-¿Qué hacéis?, ¿Qué tenéis ahí?.- Pregunto mientras me voy acercando. -¡Coño, una revista de tías en cueros!.- Es la expresión que se me escapa.
Alfonso, el mayor de todos, la ojea entre las manos y pasa las páginas mientras los demás protestan por la rapidez. Veo una tía sentada en un retrete, otra está en bolas sobre una campo de margaritas y una rubia imponente con un collar de perlas, larguísimo, se lo pasa por el triángulo de las Bermudas.
-¡Cómo están de “guenas” las “bujarronas”!- Dice Rafael, que es más bruto que un “arao.”
Mientras, el Sol se marcha por Mirandilla, y la marea, ese viento generoso de poniente, sube fresco cerro arriba. El brillo abandona los pastos que se balancean, como si fueran las olas de una marejada de paja. Nosotros, entre gritos y empujones, nos vamos turnamos para vigilar, por si viniera alguien.
Entonces yo, el sabiondo del grupo, una vez comprobadas cada una de las páginas del Lib, digo despectivamente:
-Esta revista es una mierda.
¿No lo veis?. ¡Todas las tías tienen el coño pintado para que no podamos verlo!.
Mis amigos no entienden el problema. Están desnudas, pero tienen sus intimidades pintadas, una de moreno, otra de castaño, las menos de amarillo.
–Está claro, el chocho sólo se lo puede ver uno a su mujer. En las revistas no los sacan tal como son. Se los pintan y tiznan. Por eso no podemos ver la raja.
La pandilla sigue dudando.
-¿Cómo que no?, ¿A ver si alguien ve una sola raja?.
Pasan unos largos segundos y nos miramos todos pensando: No hemos visto ni un solo coño, hemos visto pintura.
Consumado el desengaño, escondemos las tiznadas señoritas en una grieta secreta, y prometemos que sólo las volveremos a sacar si venimos todos juntos. Alfonso recalca con toda la autoridad que puede: -Y cuidadito con irse de la lengua.
Y bajamos la pendiente de los pelotones mitad alegres, mitad frustrados, pensando en el lejano día que pudiéramos ver un coño al completo, tal cual es al desnudo y sin velos de pintura.
Nota: Entrada dedicada a Pelayo, el del Blog de los Mirlos.
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