Basado en hechos reales.

Terminada esta construcción, hallé un cementerio cubierto de sombras grises y azules, dónde las tumbas, desordenadas, se amontonaban unas encimas de otras. Centenares de cruces lo cubría todo. Grandes, pequeñas, medianas... en cada rincón parecían germinar como malas hierbas cubriendo la tierra.
En medio del bosque de cruces había una especie de capilla. Paré el coche, quería curiosear, así que decidí echar un vistazo.
Llevaba mi cámara colgada al cuello. Por el camino, mientras me aproximaba a la pequeña construcción, comencé a hacer fotos.
Sentía intranquilidad pues parecía que las tumbas pudieran en cualquier momento cerrarme el paso y con sus cruces envolverme en una especie de red pétrea azul y gris.
Muy despacio empuje la puerta, y su interior, pequeño, me acogió entre paredes bastas y amarillentas. Por una única ventana muy alta y diminuta, en la pared del fondo, entraba algo de luz. Bajo ésta un asiento de piedra solitario. Allí adentro no había nada más.
En ese momento apareció un individuo muy pálido, casi del color de la muerte. Tendría unos cincuenta años largos, calvos y mustios. En su rostro destacaban su gran mandíbula y sus ojeras inmensas. Vestía un especie de pijama descolorido, tal vez fuera un traje de preso al que ya se lo borraron las rayas. Tenía una rara sonrisa apestando en la boca. Estaba dentro de sus propios pensamientos. No me prestaba ninguna atención y eso me ponía nervioso pues lo convertía en un ser imprevisible.
Se sentó frente a mi, de espaladas a la ventana que quedaba muy por encima de su cabeza.
Las paredes, la ropa, todo era cada vez más amarillento, como si se volviese del color y del material de las hojas muertas.
En ese momento percibí que el color de la luz era precioso; la piel blanca, las ojeras de aquel decrépito sujeto, un poco de claridad entrando por el ventanuco. Todo configuraba una atmósfera increíblemente extraña.
Encendí mi cámara dispuesto a obtener una fotografía del individuo. No podía dejar escapar la escena. Al acercarmela, justo cuando mi ojo podía ver a través de la lente, el extraño hombre reventó contra la pared y su cuerpo se convirtió en una roja pasta viscosa y sanguinolenta, toda líquida, macerándose contra la pared. Fue sólo un instante, pues la adrenalina me abrasó y el miedo se apoderó de mí. Me alejé asustado la cámara de la mirada.
Pero sorpresa. Aquel hombre seguía sentado, como si nada, con la espalda apoyada contra la pared.
Sólo había sido un mal rato. Sería todo una mala jugada de mi imaginación. El corazón aun galopaba apretando mis pulmones, pero quería la foto, tenía que cazarla.
Entonces, esta vez con más miedo que curiosidad, volví a mirar por la cámara, muy despacio, apuntando al suelo, para acercarme lentamente a la figura de una forma más cobarde.
Al poco, para mi total desasosiego, contemplé, a través de la lente, las piernas de lo que parecía ser una mujer desnuda y raquítica sentada sobre un sucio bater. Mi terror se multiplica cuando veo como una torrente de sangre espesa empieza a chorrear por aquellas piernas. Cae pegajosa resbalando hasta el suelo.
Entonces asustado y consciente de mi mal sueño, decido ponerle punto y final.
Bajo de la cama, bebo en el grifo del lavabo, meo, le doy una vuelta a los niños para ver que están tapaditos y, recuperado del susto, me meto en el sobre pensando en la extraña arquitectura que publicó el otro día “A Galopar” en su blog.
Ese era el edificio del que partió mi sueño. A la derecha, cuando empezaba la cuesta.
(Basado en hechos reales)
Etiquetas: Relato corto fantástico.